Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

jueves, 9 de marzo de 2017

Ministerio Público investigará caso del profesor Santiago Guevara José Ángel Ferreira, vicerrector académico de la UC, informó que el martes pasado hubo una reunión con la fiscal Ortega Díaz


By EL NACIONAL
09 DE MARZO DE 2017
El Ministerio Público investigará la detención del profesor de la Universidad de Carabobo, Santiago Guevara, a quien lo causan de traición a la patria.
La fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, mantuvo una reunión el martes pasado con la rectora y el vicerrector administrativo de la UC, Jessy Divo y José Ángel Ferreira, respectivamente; y la rectora de la Universidad Central de Venezuela, Cecilia García Arocha, en la que se expuso el caso del profesor Santiago Guevara y se designó un fiscal para investigar su detención.
La información fue confirmada ayer por Ferreira en una entrevista a Globovisión y aseguró que la aprehensión “tiene que ver con la libertad de pensamiento”.
El académico de la Universidad de Carabobo fue aprehendido por la Dirección de Contrainteligencia Militar el mes pasado.
A su juicio, el profesor Guevara fue inculpado de supuesta traición a la patria, conspiración y rebelión por analizar posibles escenarios políticos y ofrecer asesorías como consultor estratégico.
“Se atenta contra la esencia de la academia que es la libertad de pensamiento. Estamos trasladando a Santiago a un espacio al cual no puede ser comprendido”, dijo Ferreira a propósito del proceso que se realiza contra el académico en los tribunales militares.
Precisó que este “es un caso muy particular que tiene sacudida a la comunidad nacional e internacional”, pues pone en peligro la libertad de cátedra, de pensamiento.
Ferreira alertó sobre el delicado estado de salud del profesor y considera que fue “sacado de los libros” y de “escribir” para ser detenido.
También repudió que haya sido imputado por un tribunal militar, siendo este un ciudadano común, por sus trabajos de investigación y de visualización de futuras situaciones en el ámbito político del país, “no como adivinador, sino a través de métodos científicos, con su respectiva línea de investigación”.
La academia ha repudiado la detención del docente. Tanto la Universidad de Carabobo como la UCV y la Universidad Metropolitana han emitido comunicados en los cuales rechazan la detención del docente, así como para exigir su libertad inmediata.


miércoles, 8 de marzo de 2017

LA IMAGEN HACE HISTORIA: CAP LA PELÍCULA

LA IMAGEN HACE HISTORIA:
CAP LA PELÍCULA

Por: Inés Muñoz Aguirre
Ver el documental de Carlos Oteyza sobre Carlos Andrés Pérez nos conduce a un acto de reflexión que va mucho más allá de lo que vemos en la pantalla.  Si uno se considera una persona comprometida con el país es inevitable entristecerse por lo que hemos perdido, pero también es inevitable reconocer como nuestro país ha sucumbido en el fragor de las individualidades, las cuales solo son capaces de generar alianzas si dicho acto propicia un beneficio personal. 
No es fácil reconocernos en los Magistrados que votaron a favor del enjuiciamiento de un presidente a quien solamente le restaban unos meses para entregar el poder tras un acto electoral que en la contienda, hubiera permitido que el elector decidiera con su voto el destino del país. Seguramente después de dos golpes de estado  el reto para el presidente que recibiera la banda de manos de CAP, también hubiera sido sostener la democracia y un camino hacia el progreso. No fue así, ya eso lo sabemos todos, lo vivimos todos y sólo un documental de excelente factura como este, nos restriega en la cara lo que hemos sido.
No es fácil reconocernos en la voz del ex presidente que anhela regresar al poder, quizá por no ser  menos que el adeco, pero que impidió a través de sus acciones que el próximo acto de votación reafirmara el camino democrático, que llevaba nuestro país a solventar los errores  del pasado. El documental lo deja claro, sólo hay que consultar los números para descubrir los índices de crecimiento económico, el reconocimiento del país a nivel internacional.
Allí mismo entre imágenes que van y vienen no es fácil reconocernos entre los  que hoy en día deben ser los inolvidables “notables”, los mismos que hablaban con frecuencia, declaraban, escribían sin que hubiera censura alguna, ni persecución posible.  Los mismos desde donde surge el Fiscal General, que valiéndose de la maravillosa independencia de poderes lleva a cabo la acusación final.   
No fue un periodo fácil ese segundo gobierno de Pérez porque los que perdían poder no se consolaban, porque hubo que aplicar medidas económicas que nos sacarían de ser el país mono productor que siempre hemos sido.  Se aplicaron decisiones como el IVA, tan criticado, pero que ningún gobierno posterior derogó.
Esta película nos deja una gran reflexión a partir de dos frases contundentes de Pérez, la que cierra su alocución el día de la renuncia cuando con voz quebrada expresa: “…hubiera preferido otra muerte” y la de “La historia los juzgará”, ambas frases me hacen pensar sobre todo en la democracia, esa  que le permitió a Carlos Andrés Pérez repetir en la presidencia, pero que además le permitió a un hombre con capacidad de recapacitar, dar un giro a lo que pasado el tiempo, entendió como obsoleto.  Le permitió abrir el camino hacia la descentralización, desmontar el aparato del Estado que como lo documenta Oteyza sólo funciona para regímenes autocráticos, que buscan controlarlo todo, aun a costa del fracaso.  Un gobierno que abrió la puerta a la profesionalización,  al estudio en las más reconocidas universidades del mundo porque así contaríamos con grandes profesionales para nuestro crecimiento como país.
La democracia le permitió a Pérez adelantarse a los tiempos e intentar como posible un gobierno de gerentes, implementar gestión por encima de la política. Ya en tiempos en los que empezamos a hacer historia con lo vivido, está claro que la política puede ser el camino de algunos hombres y mujeres, pero no el camino de una sociedad.
Este documental, nos invita a mirar hacia el pasado, aunque nos duela debemos reconocernos con la cuota de responsabilidad que nos toca a cada uno, por venezolanos, por una forma de hacer las cosas, por la forma de acomodarnos, de huir o de insultar cuando nos creemos dueños de la verdad.  La historia de hoy, ya no solo se escribe en papel, en la que a veces se deslizan aplausos o resquemores, la historia de hoy también se escribe en imágenes y ellas, a veces, son contundentes.

En el Dia Internacional de la mujer, que tiene como tema central en el 2017, que se celebra el 8 de marzo, será “Las mujeres en un mundo laboral en transformación: hacia un planeta 50-50 en 2030”. El mundo laboral está cambiando de un modo que tendrá consecuencias significativas para las mujeres, el recuerdo de un escritor inmortal que trabajo el tema femenino..



Día Internacional de la Mujer - Historia

El Día Internacional de la Mujer conmemora la presencia, trabajo y rol de la mujer alrededor del mundo. Esta es una celebración que traspasa fronteras y se celebra en muchos países del mundo, y celebra más de noventa años de lucha por parte de las mujeres con el objetivo de alcanzar la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo pleno. A lo largo de la historia las mujeres han luchado por tener una participación igualitaria con el hombre en la sociedad. Sin embargo, esta celebración surge apenas a finales del siglo XIX. En Rusia se dio a las mujeres el derecho al voto un 8 de marzo de 1917. Hecho que daría origen a la fecha definitiva para la celebración de este día. Por lo mismo, el día se celebra el 8 de marzo de cada año

  • El Día de la Mujer fue celebrado por primera vez en el año de 1909. Este hecho se presentó en conformidad a una declaración hecha por el Partido Socialista de Estados Unidos. Dicha celebración se dio un 28 de febrero. A partir de aquí varios países y organizaciones empezaron a establecer el Día de la Mujer con diferentes propósitos y en diferentes fechas.
  • El Día Internacional de la Mujer fue oficializado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año de 1975. Dos años después proclamarían el mismo día con el nombre de "Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional".
  • En el año de 1995 se firmó una hoja de ruta que establecía la agenda para la materialización de los derechos de las mujeres en el mundo. Esta hoja fue firmada por más de 189 gobiernos en un acto de índole histórico. Dicho suceso ocurrió en Beijing, China.
  • El año 2015 es la ocasión de pasar revista a los logros conseguidos y de examinar los retos que siguen pendientes, así como las posibilidades y las oportunidades todavía sin explorar. […]. En nuestro avance por esta senda debemos apoyar el empoderamiento de la mujer como fuerza de transformación en favor de los derechos humanos, el crecimiento económico y la sostenibilidad, y hacer de la igualdad entre hombres y mujeres un elemento central de todos los esfuerzos de desarrollo. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO el 08/03/2015 en Paris.
  • El número de mujeres que mueren al dar a luz se ha reducido prácticamente a la mitad. Más mujeres están al mando de empresas, gobiernos y organizaciones mundiales. Celebro estos avances. Al mismo tiempo, en este Día Internacional de la Mujer, debemos reconocer que los logros han sido demasiado lentos y dispares, y que debemos hacer mucho más por acelerar los progresos en todas las zonas del mundo. Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas el 8/03/2015 en Nueva York.

García Lorca: la mujer protagonista  que defiende su honra a través del tiempo.
Ileana Hernández Grillet.
Cátedra libre Federico García Lorca


Se oye el tañido de campanas en la Casa de Bernarda Alba, cinco mujeres sometidas a una autoridad que decreta el luto por siete años. Es guardar las apariencias para que la honra quede incólume y no critiquen. El compromiso social pauta que es la hija mayor quien se casará primero y el resto de las hermanas bordará para ella el trouseau. No importa que puertas adentro Adela se rebele y a escondidas vea al novio de la hermana. Y que al morir Adela, Bernarda diga: Mi hija ha muerto virgen. Preservar la honra por sobre todo. A puertas y ventanas cerradas, nadie entrará o saldrá de la casa. Mandato al tiempo.
En Bodas de Sangre una novia acepta un matrimonio concertado entre su padre y la madre del novio, aunque su corazón y su pasión la llevan hacia otro.  Su honra queda en entredicho, cuando el galope de un caballo lleva a un jinete a buscar en la noche, la casa de su antigua novia, y así quebrantar su promesa hecha a la esposa, porque se deja llevar por la pasión: Porque yo quería olvidar/y puse un muro de piedra/entre tu casa y la mía/pero montaba a caballo / y el caballo iba a tu puerta. La novia se exculpa: Yo no quería, óyelo bien, yo no quería. Tu hijo era mi fin y no lo he engañado, pero el brazo de otro me arrastró como un golpe de mar. Pasión que resiste al tiempo y hace claudicar las promesas de la novia y el amante a su esposa.
En Yerma, una mujer obsesionada por años en ser madre se atreve a salir de noche a encontrarse con Dolores, quien le ofrece a  su hijo, para hacer posible el deseo de que  ella engendre. Yerma se niega de plano. ¿Te figuras que puedo conocer a otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre?  Los años de obsesión no son suficientes para comprometer su honra y el deseo de ser madre.
Mi nana
Karin van Groningen
Octubre 2016
Cátedra libre Federico García Lorca.

No sé si era mi nana la generala que tenía en mi casa. Su comando era la cocina, donde se desempeñaba con virtuosismo francés. Tenía bajo su mando dos encargadas de “los oficios de adentro” y de los niños, que a la postre, era sólo yo, la del medio, puesto que mi hermana mayor estaba en Alemania y nadie se metía con el hermoso bebé de la casa. Ejercía sobre mí un control físico, entorpeciéndome mi frecuente paso, desde el jardín, donde yo ocupaba muchas horas del día entre los animales, las plantas y el lodo de los jardines andinos, hacia los muy limpios y encerados pisos de la casa. Pero, lo más importante: Isidora, la generala que le sirvió a mi padre por 50 años, sabía cómo ejercer el control psicológico. Las “ánimas benditas ya están saliendo para llevarse a los niños que no estén dormidos”, amenazaba a la muy intranquila niña, en las múltiples noches en que los padres estaban ausentes. “Se meten bajo las camas a la espera de que los niños se levanten”, informaba amenazadoramente ¡petrificándola! Lo cierto es que poco a poco la niña aprendió correr por el largo pasillo “a toda mecha”, para saltar desde la puerta, volar por la extensa habitación hasta caer directamente sobre la cama ¡Y al revés! Entrenamiento que al cabo del tiempo, le valió un reconocimiento estudiantil, con la medalla de salto con garrocha.
Un negro uso del verso teatral

Francisco Catalano
Cátedra libre Federico García Lorca.

            He elegido tres momentos líricos para enlazar la oscuridad con que García Lorca utiliza el verso dentro de las tres obras teatrales que hemos visto. Son todos momentos en los que la verticalidad del verso no contrasta la horizontalidad de la narración por su brillo o ennoblecimiento, por su vivacidad o por su aligeramiento colórico de los hechos, sino por una densificación, más bien, por un oscurecimiento de la obra, sea por la anunciación de la muerte, por su cruel latencia o por su simbólica ubicuidad en las tres obras: el uso del verso en las obras es una concentración de energía que resalta algún rasgo obscuro ligado generalmente a la muerte, en la forma de la lucha, el aborto o el luto.
Primeramente, en Bodas de Sangre, como momento premonitorio habla la suegra (¿quién más sino la figura vieja, oráculo de la muerte?) tras la imagen de los caballos, de la matanza que luego tendrán Leonardo y el novio, y que resulta ser el momento cumbre de la obra. La suegra menciona el sempiterno puñal que lleva la muerte encima. En este sentido la imagen es anunciatoria, ya que es anunciada al principio de la obra, del combate que trae como inevitable la muerte de alguno de los hombres: Suegra: Duérmete, rosal, / que el caballo se pone a llorar. / Las patas heridas,/ las crines heladas, /dentro de los ojos / un puñal de plata . / Bajaban al río. / ¡Ay, cómo bajaban! / la sangre corría / más fuerte que el agua.
En segundo lugar, tenemos el uso lírico en Yerma, con una gran crueldad, a mi parecer, de versos donde se mezclan la inocencia del querer de Yerma por un hijo, con las imágenes del cuerpo roto de la mujer de la cual no brotará frutos. García Lorca deja entrever en el personaje una ternura que sobre lo imposible de la concepción resulta desgarradora; más aún si entendemos lo trágico del deseo de la madre por el advenimiento del hijo y la inocencia que aún tempranamente el personaje desarrolla por su propia condición, la cual la volverá loca al final de la obra: Yerma: «Los blancos montes que hay en tu pecho.»  / ¡Que se agiten las ramas al sol  / y salten las fuentes alrededor! / (Cosiendo) // Te diré, niño mío, que sí. / Tronchada y rota soy para ti. / ¡Cómo me duele esta cintura / donde tendrás primera cuna! / ¿Cuándo, mi niño, vas a venir?  // (Pausa)  «Cuando tu carne huela a jazmín. / ¡Que se agiten las ramas al sol  / y salten las fuentes alrededor!
Y en tercer lugar tenemos la letanía lírica, más bien elegíaca, llevada con el coro en La Casa de Bernarda Alba.  Aquí funciona como símbolo de toda la obra la manera como la oscuridad de la muerte se ciñe en la voz de Bernarda por su carga personal de poder junto al responsorio religioso en la voz de todos, como sello fatídico en la obra. La función de estos versos es mostrar, muy temprano en la obra, el fatum trágico de la muerte que se ciñe sobre la casa y los personajes de la obra: Bernarda: ¡Descansa en paz con la santa  compaña de cabecera! // Todas:  ¡Descansa en paz! / Bernarda:  Con el ángel San Miguel  y su espada justiciera // Todas:  ¡Descansa en paz! / Bernarda:  Con la llave que todo lo abre /  y la mano que todo lo cierra. // Todas:  ¡Descansa en paz! Bernarda:  Con los bienaventurados /  y las lucecitas del campo. // Todas:  ¡Descansa en paz! Bernarda:  Con nuestra santa caridad / y las almas de tierra y mar. // Todas:  ¡Descansa en paz!


La violencia de género mata a más venezolanas que el hampa
Durante el año pasado 169 mujeres fueron víctimas de feminicidio, según una recopilación de datos hecha por Cotejo.Info. El número supera a las que fueron asesinadas por robo o por la violencia criminal
By GABRIELA ROJAS GROJAS@EL-NACIONAL.COM | JEANFREDDY GUTIÉRREZ JEANFREDDY@GMAIL.COM
05 DE MARZO DE 2017 11:54 AM | ACTUALIZADO EL 05 DE MARZO DE 2017 14:12 PM
Desde 2014 el feminicidio es tipificado como delito en Venezuela. Aún así  permanece oculto entre las cifras de violencia criminal, en la cobertura periodística de sucesos e incluso en las propias estadísticas del Ministerio Público. Cotejo.Info revisó la información sobre asesinatos de mujeres que publicaron medios digitales del país durante 2016. Los resultados de la investigación -que se publican en el marco de la conmemoración el próximo 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer- revelan que la violencia de género mata a más venezolanas que el hampa. Revise los detalles en la siguiente infografía interactiva



Discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua como individuo de número de Armando Rojas Guardia el día 31 de octubre de 2016.


Armando Rojas Guardia 

Señor Presidente:
Colegas académicos:
Señoras, señores:
Amigos todos:.

Es lo usual en el acto de incorporación a la Academia de un nuevo individuo de número que el académico recién electo pronuncie el elogio de aquel que ocupó el mismo sillón que ahora ocupa él. Considero un obsequio de la Providencia, vehiculado por la generosidad de ustedes, mis colegas, el hecho de que fuera Carlos Pacheco quien me antecediera en la Academia, ocupando el sillón W que de ahora en adelante me está destinado. Todos saben que Carlos fue no solo mi amigo sino sobre todo mi hermano: a lo largo de cincuenta años nuestra fraternidad espiritual no hizo sino crecer frondosamente, madurar y dar frutos que nos alimentaron a ambos. De modo que es un privilegio empezar estas palabras evocando ante ustedes su querida, dulce y prestigiosa presencia en la vida intelectual del país y en mi propia existencia. Escritores de la talla  de Luis  Barrera Linares y Oscar Rodríguez Ortiz ya nos han ofrecido enjundiosos balances del legado de la obra de Carlos Pacheco dentro de la historia literaria venezolana, su inapelable importancia como crítico y estudioso de nuestras letras y de otras de Hispanoamérica. No voy a repetir ahora lo que ellos han afirmado con una asertividad y una elocuencia mucho mayores  que las mías. Mi ilustre antecesor  falleció hace muy poco tiempo: su herencia  intelectual  no hará sino  proyectarse con intensidad creciente en los años por venir, como se multiplica la sombra cuando el sol declina. Permítanme, más bien, que, apoyándome en una larga semblanza de Carlos que escribí  cuando se cumplió un año de su muerte y publicaron los amigos de Prodavinci en Internet, condense en cuatro íntimas imágenes el recuerdo que tengo de él, la memoria viva que me ha vinculado, me vincula y me vinculará a su impronta personal mientras yo exista sobre la tierra. La primera se sitúa en un caserío de Los Andes trujillanos llamado “Las Peñitas”. Allí, dos novicios jesuitas –Carlos y yo- nos despedíamos de los campesinos con los que habíamos  estado en contacto durante una semana intensa de actividad misionera, evangelizadora. Acordamos entre los dos que fuera él, Carlos, el que pronunciaría  la homilía final de nuestra estancia en Trujillo. El crepúsculo se adensaba en torno a la desvencijada  capillita de la aldea. La luz de una única lámpara de gas desgarraba la niebla, tan espesa que amenazaba con penetrar al interior de la minúscula iglesia. Carlos, de pié al lado de la mesa enmantelada que hacía las veces de altar, les habló a los campesinos con coloquial elocuencia, desnuda de ornamentos retóricos, pulcra y  transparente como un arroyo de aquella misma cordillera. Habló emocionado pero sin impostar la voz, sin los estereotipos propios de la “oratoria sagrada”, sin utilizar los tópicos, los lugares comunes y las muletillas verbales de la religión oficial (que tanto él como yo detestábamos), traduciendo para aquellos labriegos, de manera directa y vivaz, su propia  espiritualidad, su personal experiencia de Dios Sus palabras arrancaron lágrimas a los ojos de todos los que en  esa tarde lo escuchaban. Me asombró ver llorar  no únicamente a las mujeres, sino también a los hombres. Ante tal conmoción colectiva, recuerdo que me dije a mí mismo: “¡Qué gran sacerdote será Carlos!”.

La segunda  imagen es la siguiente: Carlos me anuncia por carta  desde Bogotá su salida de la Compañía de Jesús. Una decisión que había ido madurando en él sin prisa pero tampoco sin pausa durante un año y medio. La carta en cuestión me la entrega  el padre de mi amigo en la entrada de un cine caraqueño. Cuando llego a la casa donde vivimos los cinco estudiantes jesuitas que estudiamos Filosofía, y, con la emoción del caso la leo y releo, me asalta un vívido y entrañable recuerdo: Carlos con los ojos cerrados, corporalmente devorado por la oración, sentado en un banco mientras el firmamento estrellado-eran las cinco de la madrugada- ya dejaba entrever la dulzura  rosácea del alba. Alguien que es capaz de orar de esa forma, me digo, no toma determinaciones como  la que ahora me comunica con frívola superficialidad: se le va en ello la vida entera de su conciencia.

La tercera imagen enmarca una remembranza muy personal: después de su regreso de Bogotá, al terminar en la Universidad Javeriana sus estudios de Filosofía y Letras, yo  hacía frecuentes visitas a su apartamento en La Boyera (que en ese tiempo quedaba casi en las afueras de Caracas) . En la primera de esas visitas, cuando la puerta de su hogar se abrió para mí, empezó a resonar desde el aparato de sonido, inundando todo el espacio interior del apartamento, la “Fantasía para un gentilhombre” de Joaquín Rodrigo, que yo reconocí enseguida. La bienvenida de Carlos, por obra  y gracia de su exquisita cortesía, se había transformado en un homenaje. Un caballeresco homenaje. No pude dejar de constatarlo: el verdadero gentilhombre era él. Carlos encarnaba toda la elegancia espiritual de un príncipe.

Y la cuarta  y última imagen anclada en mi memoria es la de la mañana  de un sábado en que me llamó por teléfono para decirme que acababa de recibir la comunicación nada menos que de Augusto Roa Bastos: este había decidido  que fuera, él, Carlos , el prologuista de la edición  que la Biblioteca Ayacucho iba hacer  de “Yo, el supremo”.. Fue un honor inolvidable, que ensalzaba hasta el máximo posible la tarea de Carlos Pacheco como estudioso del poder de la escritura , y las escrituras  del poder, así como de las múltiples interacciones entre novela e historia. Un honor comparable, y tal vez incluso superior, al que representaron el Premio de Investigación “Andrés Bello”, el Premio de Critica “Rafael Barret”, su incorporación a esta nuestra Academia Venezolana de la Lengua, y el título de “Profesor  Emérito” conferido por la Universidad Simón Bolívar, una distinción de la que muy pocos pueden gloriarse.

Con el dibujo verbal de estas imágenes he querido retratar delante de ustedes, más que a Carlos, al  fervor fraternal que siempre he sentido y siento por él. Ante el privilegio, concedido  amistosamente por ustedes, que significa sustituirlo en las deliberaciones y decisiones de esta institución, invoco su comparecencia tutelar en mi vida y en la de todos –familiares, amigos, colegas, discípulos- los que lo amaron. La invoco para que, desde la justicia de Dios donde ahora habita, ilumine mi espiritualidad de escritor, mi quehacer intelectual y el obligante compromiso que la Academia desde hoy me impone como un reto.

Colegas académicos:
Amigos todos:

Hay un sentimiento soterrado, y a veces muy explícito, en nosotros los venezolanos. Más que una conceptualización es eso, una suerte de sensación, un sentimiento: la sensación y el sentimiento del fracaso. Algo profundo en nuestro sentir colectivo se relaciona orgánicamente con lo fallido, lo truncado, lo abortado, lo desgarrado, lo desviado, lo extraviado (como una flecha que no logra dar en el blanco).

Es un sentimiento que compartimos con otros hispanoamericanos. Basta recordar el “Poema Conjetural” de Jorge Luis Borges, en el que ficcionaliza poéticamente un postrer monologo de Francisco Laprida, prócer de la independencia argentina, antes de morir asesinado  por una montonera el 22 de septiembre de 1829: “Vencen los barbaros, los gauchos vencen (…)/ yo que anhelé ser otro, ser un hombre/ de sentencias, de libros, de dictámenes,/ a cielo abierto yaceré entre ciénagas (…)/ al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano”. Y Ernesto Cardenal en su largo poema, “Canto Nacional”, dice: “Cuántas veces hemos dicho los nicaragüenses en el extranjero/ “somos un país-de- mierda” en mesas de tragos, en pensiones/donde se juntan los exilados (…/) una tierra –hemos dicho- que merece mejor suerte” . Y el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda se atreve a aseverar, en tres lapidarios versos, hablando de su patria: “País mal hecho,/ cuya única tradición/ son los errores”. Es la aflicción lacerante que recorre vertebralmente  el cuerpo histórico de “nuestras dolorosas repúblicas”, como las llamó José Martí.
En el caso venezolano esa sensación o sentimiento de fracaso tiene, a mi juicio, dos causas objetivas: primero, la “capitis diminutio”, la disminución de nuestra autoestima nacional al compararnos siempre con la gesta heroica que está en la base, en el comienzo de la vida republicana de Venezuela. Todos nos sentimos crónicamente disminuidos frente a la envergadura política y militar, y en general existencial, de aquella nuestra primera hora histórica. Ese sentir ya estaba presente en el siglo XIX: al fallecer Fermín Toro, Juan Vicente González escribió: “Ha muerto el último venezolano”. Todos nos sentimos disminuidos porque no nos percibimos héroes. Y la psicología colectiva dentro de la cual se nos educa es una psicología heroica. El resultado fáctico de este aprendizaje es que siempre nos sentimos por debajo del estatuto heroico de nuestros padres fundadores. Desde el lienzo de Arturo Michelena, que todos contemplamos siendo niños, Francisco de Miranda nos mira inquisitivamente dentro de su prisión de La Carraca: sus ojos nos juzgan, nos interpelan, nos demandan y nosotros, en nuestras pobres vidas de hombres y mujeres del siglo XXI, nunca estamos a la altura de aquel juicio, aquella interpelación y aquella demanda. La psicología del héroe tiene mucho de épica adolescente: el héroe busca autoafirmarse ante el mundo (por eso, por esa obsesión auto- afirmativa, la gesta heroica es tan egótica). De modo que anclarnos como país en la psicología del héroe significa estar permanentemente retrotraídos a nuestra adolescencia republicana, negarnos a salir de ella. Pero lo crucial es que ese épico trasfondo psicológico, como referente axial de nuestra vida colectiva, no nos evita –sino, antes al contrario, nos empuja a darnos de bruces contra él– el contraste permanente de nuestros modestos logros históricos con la magnitud de aquella edad heroica, la primera de nuestro devenir nacional.

La segunda causa objetiva de nuestro sentimiento de fracaso ha sido la enorme dificultad del acceso de Venezuela a la modernidad. Es como si no alcanzáramos a ponernos al día con la tarea de ser un país institucionalmente moderno. Y eso lo sentimos todos; repito, más que una constatación conceptual es una sensación, un sentimiento. Una sensación y un sentimiento que pueden adoptar modalidades aristocratizantes, como el “finis patriae” de algunos de nuestros modernistas (pienso sobre todo en Manuel Díaz Rodríguez) que se afinca en el diagnóstico de la realidad nacional como a punto de ser material y simbólicamente dominada por la barbarie, por la definitiva regresión histórica. O bien modalidades implícitamente pesimistas, que plantean una especie de acuerdo entre el afán modernizador y la áspera –y, para esta modalidad, ineludible– realidad de nuestro atraso: el “cesarismo democrático” de Vallenilla Lanz, ese flagrante oxímoron, representa, junto con la actitud de algunos positivistas frente a la situación del país, la más estruendosa aceptación de nuestro fracaso histórico. O bien modalidades estético-literarias más optimistas, aunque trágicas: es el caso de Canaima, de Rómulo Gallegos: Marcos Vargas, como personaje, simboliza en buena medida lo incumplido de nuestro destino nacional, la cita que tenemos contraída desde siempre con nuestra inacabada identidad colectiva y que no termina de realizarse (en ese sentido Canaima es una propuesta estético-literaria más complejamente trágica que la de Doña Bárbara; ésta viene a ser más esquemática y maniquea y, por eso mismo, más superficial). Pero la modalidad más frecuentada y más significativa simbólicamente que adopta en la literatura venezolana el sentimiento de fracaso por no acabar de ingresar el país a la órbita institucional moderna es el que podríamos llamar “discurso de la marginalidad”.  Sucede como si el fracaso eligiera hablarnos dentro de muchos textos importantes de la historia literaria venezolana, desde el punto de vista de la periferia (precisamente lo marginal es periférico): los personajes de La Lluvia, el mejor cuento de Arturo Uslar Pietri; Mateo Martán, el protagonista de Los pequeños seres, de Salvador Garmendia; la prostituta sin rostro de La mano junto al muro, de Guillermo Meneses; los dos homosexuales de La Revolución, de Isaac Chocón, o el país en alquiler o en venta de Asia y el Lejano Oriente, también de Chocrón; los personajes de Caín Adolescente y El pez que fuma, de Román Chalbaud; Cosme y Pío Miranda, respectivamente en Acto Cultura y El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas; Andrés Barazarte, quien protagoniza País portátil, de Adriano González León; el hablante lírico de los dos poemas de Rafael Cadenas titulados ejemplarmente Derrota y Fracaso; hasta el grupo de jóvenes que, en Falke, de Federico Vegas, fracasa en su sueño de poner fin a la dictadura gomecista: todos son voces marginales, todos corporizan nuestra periferia, nuestra dificultad para acceder históricamente al centro, nuestro fracaso existencial, colectivamente psicológico, institucional. La mayoría de estas voces no es heroica: muchos de estos personajes son más bien antihéroes y ello resulta también significativo.

La única manera de revertir la negatividad de nuestro sentimiento de fracaso es encararlo, no reprimiéndolo, ni disfrazándolo, ni edulcorándolo con nuevas posturas épicas que nos alejan de nuestra realidad histórica truncada. Con la psicología de las masas colectivas ocurre algo análogo a lo que pasa con la psicología individual: López Pedraza afirma que son tres los factores psíquicos que impiden que el individuo se deslinde de la óptica triunfalista y llegue a situarse en una madura y profunda “consciencia del fracaso”, más allá de la tesitura psíquica dentro de la cual la indiscriminada y avasalladora aspiración al éxito mantiene al sujeto en la imposibilidad de acceder a niveles cada vez más altos de consciencia y libertad. Esos factores son: la huella psicológica del “eterno adolescente”, con sus aspiraciones encandiladas por el brillo heroico; la superficialidad de la histeria, cuya sofocación intrapsíquica hace permanecer a la persona en un frenesí cotidiano donde no puede auscultarse de verdad a sí misma; y el comportamiento psicopático, cuyo vacío existencial sólo puede ser llenado por la imitación compulsiva de modelos gregarios. Efectivamente, también a nivel colectivo se producen esos tres factores y, de ese modo, un sujeto social, como el venezolano, no puede mirar de frente su propio fracaso y convertirlo en “kairós”, es decir, en oportunidad creadora. Oportunidad para repensarse a sí mismo, para escoger de manera inédita sus prioridades, para elegir, por ejemplo, una modernidad o una postmodernidad que de verdad le incumba (porque hay una modernidad triunfalista, esclava de la religión del éxito, incapaz también de una fértil “consciencia de fracaso”: la palabra loser encierra toda una mitología abyecta que predomina, en muchos aspectos y con otros revestimientos culturales, en la igualmente adolescente, histérica y psicopática contemporaneidad norteamericana).

Ramón Escovar Salón repetía, hasta muy poco antes de su muerte, que en vez de pretender ser una potencia mundial, Venezuela debería buscar parecerse a naciones como Suecia, Noruega, Dinamarca o Finlandia, países pequeños y medianos, sin afanes históricos grandilocuentes pero donde las instituciones y los servicios públicos funcionan de manera óptima, junto con la convivencia democrática y un clima de máxima tolerancia social. Ajustar nuestros paradigmas heroicos a ese modelo civilizatorio nos reconciliaría con nosotros mismos.

Porque “consciencia del fracaso”, como oportunidad individual o colectiva, es también seguir la ruta que nos traza el poema de Rafael Cadenas, Fracaso, al cual yo haría una lectura obligatoria en todas las escuelas del país, para que nos sirviera de antídoto, de revulsivo y de advertencia desde la niñez: la ruta no épica ni heroica de salir de la cháchara, de la panoplia, de la frivolidad, del inmenso espejismo petrolero, hacia el paladeo gustoso de nuestros límites, nuestra menesterosidad, nuestra indigencia, para transformarlos en creatividad espiritual y madurez salvadora. Sólo así la marginalidad dejará de ser una maldición, una condena, y se constituirá en una verdadera llamada, en una genuina vocación, en una manera-otra, insólita, de acceder al centro.
Por supuesto que se puede. Cuando asumimos conscientemente la marginalidad lo hacemos, de modo tácito e implícito, tratando de transformar esa misma marginalidad en un centro inédito. Eso debería estar claro para un cristiano. Forma parte esencial del patrimonio doctrinal del cristianismo el postulado de que la salvación no viene del centro sino de la periferia. Cristo nació en un establo “porque no había lugar para ellos (José y María) en la posada”. El Verbo se hizo  carne no en Roma, ni en Atenas, ni en el “Sancta Sanctorum” del templo de Jerusalén, sino en los arrabales de una minúscula ciudad de una provincia marginal del imperio romano; y no en una casa familiar, sino en un establo. Su nacimiento fue primero acogido por un sector despreciado de la sociedad israelita. En el evangelio de Juan se lee que, al tener las primeras noticias de Jesús, Natanael pregunta en alta voz: “¿de Nazaret puede salir algo bueno?”. Para el cristianismo, a Dios se lo encuentra en los lugares periféricos y marginales, aquellos que más nos obligan a “salir” en voluntario éxodo hacia las afueras del yo, hacia la intemperie ética que es la acogida radical del Otro, especialmente si ese Otro es el excluido, el marginado, el que vive en la periferia de la tópica convencional. El evangelio de Lucas es explícito: “(…) sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y los cojos…” Esta es la última y suprema invitación al banquete mesiánico. Esos “pobres lisiados, ciegos y cojos” simbolizan a todos los marginados: es la heterotopía evangélica, cuyo máximo exponente es el mismo Cristo, crucificado por la ley en los márgenes de la ciudad, entre dos delincuentes, marginados como él. Nadie puede celebrar un ágape cristiano si no invita a él, simbólica y realmente, al excluido; si no se ubica, de una forma u otra, heterotópicamente, en la periferia y la marginalidad donde viven los segregados por los que se sienten ubicados a sus anchas en el seno del discurso del poder.

La lección, no sólo histórica, sino existencial, e incluso psíquica, de todo ello es que el centro de los acontecimientos paradójicamente está en la periferia: allí donde no lo esperamos encontrar. Se trata de una lección que podemos rastrear incluso hasta en el patrimonio mítico y folklórico de numerosos pueblos y en los cuentos de hadas, tal como los recibimos de los hermanos Grimm, de Perrault y de Andersen: el hermano menor y despreciado cifra la salvación, el detalle marginal e inadvertido se convierte en el eje de los sucesos narrados, lo preterido, olvidado o puesto en la retaguardia termina ocupando el primer plano, lo último se metamorfosea en lo primero. Para decirlo otra vez bíblicamente: “la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”. De manera que la marginalidad, que es connaturalmente una situación incómoda y difícil, puede ser un privilegio. En Venezuela tenemos un ejemplo paradigmático de marginalidad creadora: El Castillete de Armando Reverón  no es sino el lugar heterotópico y concreto del espacio mental, totalmente al margen de la vida social y artística de su tiempo, desde el cual él se ofrendó a su pintura. Y estando contundentemente al margen logró darnos algunas de las más primordiales imágenes con las que cuenta nuestra espiritualidad colectiva. Su marginalidad lo colocó, de modo inexorable, en el centro.

Creo que una vía franca para encontrar  en nuestro caso la centralidad histórica consiste en dotarnos de lo que podríamos denominar una “racionalidad anamnética”. La “anamnesis” que propongo es la de recordar autopedagógicamente los hitos emblemáticos  que constituyen la trama de nuestra espiritualidad colectiva. ¿Quién de nosotros valora Acto Cultural de Cabrujas o Asia  y el Lejano Oriente de Chocrón como hitos emblemáticos de nuestra espiritualidad colectiva? ¿Quién percibe eso mismo al escuchar la Cantata Criolla de Estévez o Seis por Derecho de Antonio Lauro? ¿Quién lo detecta, al contemplar, Araya· de Margot Benacerraf? ¿Quién lo pondera al recordar Las cafeteras, de Alejandro Otero o La Comunión, de Jacobo Borges? ¿Quién, al atravesar alguna mañana de domingo las arcadas de El Silencio o los pasillos de la Ciudad Universitaria, obras decisivas de Villanueva? ¿Quién lo constata  al releer La mano junto al muro, de Meneses o la prosa ensayística de Picón Salas o Uslar Pietri? ¿Quién alcanza a verlo en Derrota de Cadenas, y en  Adiós a Escuque de Palomares? Los ejemplos. Ustedes lo saben, podrían multiplicarse: son los jalones, los iconos de nuestra historia espiritual; ellos señalizan el trayecto de nuestra historia espiritual .Y forma parte de ese entramado emblemático la deuda moral que tenemos contraída con el procerato civil venezolano del siglo XIX  y buena parte del  XX: aquellos hombres que en el medio de una sociedad palúdica y a expensas de caudillos, montoneras, atraso institucional y guerras intestinas, clamaron por escuelas, hospitales, carreteras, servicios públicos decentes, pulcritud administrativa, separación de poderes, libertad de pensamiento y de expresión, juego plural de las ideas. Conviene no olvidarlos en este tiempo nuestro de militarismo ramplón, ignaro y hamponil. Aquella deuda moral se tiñe para nosotros del sentido de reparación justiciera que Walter Benjamín denominaba, utilizando el hebreo de sus ancestros, tikun olam, es decir, la noción según la cual la tarea ética y cognitiva de la historia, del recuerdo escenificado, es  arrancar del olvido a los oprimidos, a los sometidos; arrancarlos de la amnesia estratégica que les ha impuesto la historia de los vencedores. Y como mi contribución personal a aquella “anamnesis” que mencioné, quiero recordar un acontecimiento histórico del que fui testigo presencial cuando yo tenía apenas nueve años de edad; acontecimiento que las nuevas generaciones no conocen pero que marcó mi vida para siempre. Afirma Roland Barthes  que un país es ante todo la memoria de un cuerpo. El acontecimiento que brevemente voy a referir esta engastado como una joya en el último cofre de mi memoria corporal, vuelto para mí verdadera carne psíquica.

En enero de 1958, la Junta Patriótica  comunicó a la a la población, a través de volantes y panfletos clandestinos pero que circulaban de mano en mano, la decisión de iniciar, el 21 de enero de ese mismo mes, la huelga general contra la tiranía de Marcos Pérez Jiménez. A las 12 en punto del día, para señalizar el comienzo de la huelga, todas las cornetas de los automóviles debían sonar , todas las campanas de las iglesias debían repicar, todas las sirenas de las fábricas debían hacerse oír. En  el mediodía del 21 de enero yo caminaba con mi madre por una calle de El Paraíso, en Caracas. Y no tengo palabras adecuadas para describir mi asombro y conmoción interior ante la algarabía sonora en la que se transformó la ciudad. Era una enorme ola auditiva que crecía y se multiplicaba a diestra y siniestra, anegándolo todo. Mi estupefacción alcanzó el clímax al escuchar las campanadas de la iglesia de la Coromoto, en El Pinar: al niño educado en un colegio católico, que yo era, aquellas estrepitosas campanadas le certificaban que los curas de mi parroquia se sumaban a la rebelión. Y así fue durante la encapsulada eternidad de media hora, de una hora, de  hora y media: toda Caracas se pronunciaba  masivamente. De pronto mi madre me hizo distinguir el sonido inconfundible de las sirenas de las fábricas situadas en Catia y en La Vega. Para comulgar con lo que significaba la gran emoción política de aquel estruendo, ella,  mi madre, decidió salir en mi compañía a “tocar corneta” en nuestro vehículo  familiar.  Mientras accionaba los bocinazos allí, atravesando las calles y avenidas de la zona residencial donde vivíamos, gritaba desde la ventana del carro: “¡Abajo Pérez Jiménez! ¡Viva la libertad!” Puedo decir que en esas dos horas  yo experimenté, de un modo radical e incluso sensorial, lo que es la Republica, la “res” “publica”, la cosa pública, la trama vinculante que entrelaza y cohesiona a los integrantes de una comunidad histórica. Cada vez que parecen ganarme el asco y el horror ante lo que sucede en mi país; cada vez que siento la tentación de extraviar o superar al venezolano que respira en mí; cada vez que creo que  el fracaso tiene la última palabra en la materia de nuestra realizaciones nacionales, yo recuerdo aquel mediodía de enero en el que todo lo bueno para nosotros pareció posible: no transcurrieron ni veinte horas desde aquel mediodía hasta la madrugada en la que el dictador derrocado huía del país. Me repito entonces a mí mismo, como un mantra ritual, a la luz medular que arroja en mi existencia el acontecimiento que les relaté,,estas palabras de Arturo Uslar Pietri que, que no constituyen una constatación grandilocuente, sino un desafío  que debemos merecer: “No somos un puñado de advenedizos congregados en torno a una torre de petróleo. Somos una nación histórica  de alto rango”. Desde la periferia nos es dado, nos ha sido dado, en ocasiones estelares y significativas, no solo  vislumbrar sino aproximarnos al centro.

Hace mucho tiempo que pienso que mi entera existencia se desenvuelve dentro de cuatro marginalidades interconectadas. Son marginalidades que la vida me ha impuesto, pero que, al asumirlas consciente y voluntariamente, han terminado por convertirse en opciones personales: ellas configuran una suerte de vocación que me pone al margen, en muchos sentidos, del tipo de sociedad en la que nací y del modelo civilizatorio que la caracteriza. En primer lugar la marginalidad del cristiano: no es solamente la naturaleza intrínsecamente periférica de la opción cristiana, como intenté describirla hace un momento, sino el hecho colateral, pero igualmente significativo, de que en Venezuela, para las élites intelectuales, el binomio semántico intelectual-cristiano resulta atípico, excéntrico. Esas élites intelectuales son, más que laicas, en verdad laicistas: no conciben que alguien pueda ser intelectual o artista y simultáneamente católico. De modo que al elegir el cristianismo católico como plataforma existencial y al escribir desde él, me coloco a mí mismo en un espacio intelectual y estético periférico. En segundo lugar, vivo la marginalidad de ser poeta dentro de una sociedad económicamente competitiva, regida por la entronización de la mercancía, en medio de la cual la palabra poética no es rentable, no se traduce en dividendos lucrativos, habla desde una esfera cualitativa que no se deja reducir a lo empíricamente cuantitativo y verificable, escapa de los alcances de la mera racionalidad instrumental y técnica. Pero es que, además, ¿cómo no va a ser marginal el poeta en un país que, pese a contar con una de las mejores tradiciones lírica de la lengua española, de manera paradójica no propicia, como paisaje existencial y cotidiano, estados profundos de consciencia donde se haga posible la experiencia poética? En tercer lugar, la marginalidad del homosexual en una sociedad falocrática y machista, donde no hay paradigmas positivos para el eros homoerótico y los homosexuales recibimos la condena tácita o explícita del ostracismo. Y en cuarto lugar, la marginalidad del paciente psiquiátrico: este es expulsado del marco social y encerrado policialmente por dos razones: porque no es un sujeto económicamente productivo, tal como estipulan los cánones  de la civilización burguesa que deben serlo todos los sujetos, y porque su “disfuncionalidad” mental se ubica fuera de los patrones culturales de la familia también burguesa: aquella “disfuncionalidad” atenta contra la solidez de ésta, la subvierte. Yo he sido durante años paciente psiquiátrico y guardo en mi memoria las llagas morales ocasionadas por esa exclusión específica que he compartido con muchos compañeros de todas las edades y clases sociales en clínicas y hospitales. Y aunque en este momento de mi vida parezco venir, en forma definitiva, de tal exclusión lacerante, no se me escapa ni por un momento que el día en que, por razones de involuntaria problemática mental, vuelva a ser un sujeto económicamente improductivo y atente contra los cánones estatuidos, soterrados o explícitos, del orden familiar burgués, seré otra vez arrojado a los márgenes de la sociedad y encerrado policialmente.

Estas cuatro marginalidades, me ubican, en efecto, aquí y ahora, dentro de la Venezuela de hoy, en un lugar-otro, a contracorriente. Como les decía: en la medida en que, más que aceptar, asumo consciente y voluntariamente esas cuatro marginalidades con ese talante psíquico y espiritual que Nietzsche llamaba “amor fati”, es decir, amor al propio e indoblegable destino (la lectura estudiosa de los dramaturgos griegos nos puede enseñar cómo se alcanza la estatura trágica haciendo que entren en comunión, dentro del propio psiquismo, la libertad y el destino), yo las elijo como mi vía personal de acceso al centro. Cristiano, poeta, homosexual y paciente psiquiátrico son sendas periféricas que me llevan, así lo espero, a una centralidad existencial inédita.

Por otra parte, esas marginalidades, al interconectarse, configuran una vocación de soledad. En virtud de ellas, yo soy vocacionalmente un solitario. En el primer texto de Poemas de Quebrada de la Virgen, hablo de mí como de un “monje laico”. La palabra española monje viene de la griega monachos, que significa solo. Siempre han existido y existirán monjes, o sea, seres humanos que se sienten llamados a la soledad, y no necesariamente dentro del ámbito claustral de un monasterio. Seres vocacionalmente al margen de los prevalecientes modelos civilizatorios que signan determinadas horas históricas, al margen de comportamientos gregarios y masificados, al margen de los patrones colectivos. Ellos empiezan por escoger una vida cotidiana dentro de la cual la soledad tiene la primera y la última palabra, porque esa cotidianidad solitaria les permite salir del circuito social de lo que Pascal llamaba la “diversión”, es decir,del ruido, del ajetreo y del tumulto,de la anestesiante vocinglería social enemiga del desarrollo interior, de la lenta maduración del alma, cuyo desenvolvimiento exigente y pausado tenemos que proteger. Henry David Thoreau, Emily Dickinson, Simone Weil y Thomas Merton fueron, cada uno a su manera, solitarios de ese tipo, monjes que nos interpelan desde la marginalidad asumida.

A  estas alturas, algunos podrían preguntarse y preguntarme: ¿Pero que hace un escritor asumidamente marginal y solitario en la Academia?
Para responder a esa interrogante quiero citar un texto de la ya mencionada Simone Weil (ella es uno de los ángeles custodios de mi vida intelectual, religiosa y  moral): “Para quien sabe  ver no hay hoy  síntoma más angustioso que el carácter irreal de la mayor parte de los conflictos que se plantean. Tiene aún menos realidad que el conflicto entre griegos y troyanos. En el centro  de la guerra de Troya había, al menos una mujer,  es más, una mujer perfectamente bella, Para nuestros contemporáneos son las palabras  adornadas  con mayúsculas las que juegan el papel de Helena. Si tomásemos, para intentar exprimirla, una de esas palabras, totalmente hinchadas de sangre y lágrimas, la encontraríamos sin contenido (…) cuando se conceden mayúsculas a las palabras vacías de significación, por poco que las circunstancias empujen a ello, los hombres derramarán ríos de sangre, amontonarán ruinas sobre ruinas repitiendo esas palabras sin poder obtener nunca efectivamente lo que les corresponde: nada real puede corresponderles jamás, porque no quieren decir nada (…) Esclarecer nociones, desacreditar las palabras congénitamente vacías, definir el uso de otras mediante análisis precisos, he aquí, por extraño que pueda parecer, un trabajo que podría preservar vidas humanas(…) En los asuntos humanos, nuestro universo político para mantenerse se ha poblado exclusivamente de mitos y  de monstruos (…)Todas las palabras  del vocabulario político y social podrían servir de ejemplo: nación, seguridad, capitalismo, fascismo, orden, autoridad, propiedad, democracia….podríamos congelarlas  todas  una tras otra(…)”

Así, pues, amigos, una crisis política y social es también, y primordialmente, una crisis del lenguaje. Si el idioma constituye, como decía Unamuno, “la sangre del espíritu”, su decadencia señala un grave punto de inflexión en el deterioro cultural de una sociedad. En este sentido, entiendo mi ingreso de hoy a la Academia Venezolana de la Lengua como una desembocadura natural de mi vocación literaria: el rol de una institución como esta consiste en velar por la limpieza y el esplendor semánticos y formales de las palabras castellanas que utilizamos todos los días, devolviéndoles  su dignidad, restituyéndoles su precisión, contribuyendo decisivamente a esclarecer su significado y su densidad espiritual, Todo ello estaba implícito en la opción existencial que hace cincuenta años me llevó a abrazar la literatura como mi vía personal de realización humana.

De mí depende, y de nadie más, que mi soledad se degrade a un individualismo militante, sordo y ciego frente a las heridas sangrantes de mi entorno, o, por el contrario, venga a ser una soledad poblada de presencias amadas, llena de atención, de tacto y de delicadeza ante el dolor ajeno. Una vez más: cristianamente hablando, esa sería la única manera de que mi marginalidad alcance el centro. La soledad es la otra cara de la comunión. Bien entendida no se opone a esta: la supone y la implica.

Para terminar, y como colofón de estas reflexiones en torno a la relación entre el centro y la periferia, quiero relatar que un día, en Mérida, dentro del marco de un evento literario donde coincidimos, Eugenio Montejo, sentado al lado mío, de pronto me dijo inopinada y abruptamente: “Armando, tú estás siempre donde está el “logos”. Este elogio abrumador desgraciadamente no es cierto, como lo compruebo todos los días. Pero ojalá Dios me conceda hacerlo alguna vez verdadero.

lunes, 6 de marzo de 2017

La batalla que le faltaba: Donald Trump contra el Papa Francisco


La batalla que le faltaba: Donald Trump contra el Papa Francisco
No parece éste el ocupante de la Casa Blanca más adecuado en un país donde los ciudadanos creen que el presidente debe ser religioso

EL PLURAL | PERIODICO DIGITAL PROGRESISTA

Mar, 7 Feb 2017

En un país donde la inmensa mayoría de los ciudadanos considera que el Presidente debe ser alguien de profundas convicciones religiosas, un hombre como Trump no parece el más adecuado para enarbolar la bandera de las creencias. Quizá por eso juró su cargo sobre dos Biblias, para compensar el hecho de haberse casado tres veces y de ser un obseso que intentó mantener relaciones sexuales con una mujer casada, como él mismo admitió en un vídeo.
A pesar de todo Trump intenta parecer un hombre religioso, hijo de la iglesia Presbiteriana que le confirmó (la misma que su antecesor Bush hijo) y tal vez por eso, y por sus delirios de grandeza, el único en este mundo que le puede hacer sombra es el Papa de Roma. Un Pontífice que, además, no ha dudado en criticar duramente una de las principales propuestas de su presidencia, la construcción del muro fronterizo con México. 
No una, sino dos veces en público y quién sabe cuántas en privado, el Papa Francisco ha dicho que “quien piensa en construir muros en lugar de puentes no es cristiano”. Y eso debió dolerle mucho al entonces candidato y hoy altivo presidente de los Estados Unidos. Tanto como las enormes diferencias de opinión con la actual cúpula del Vaticano en cuanto al trato a los inmigrantes, a los que hay que frenar según Trump porque amenazan la seguridad nacional, o la consideración del Islam, un enemigo destructivo para el presidente y una religión monoteísta a la que hay que acercarse para evitar el temido choque entre civilizaciones que predijo Samuel Huntington y que tanto daño puede causar a la humanidad.
En este caso el choque inmediato que se avecina va a ser entre dos poderes tan poderosos como influyentes, cada uno a su manera, la Casa Blanca y el Vaticano. Un enfrentamiento que, por sus escasas cualidades como líder religioso,  no puede afrontar personalmente el propio Trump y para el que parece haber elegido a quien se considera ya como el personaje más importante de la nueva Administración, Steve Bannon, asesor principal del presidente y un poder en la sombra que va a dar mucho que hablar.

Steve Bannon, látigo de infieles y mano ejecutora de Trump
En su enfrentamiento ideológico con Roma, una de las cualidades de Bannon que más aprecia Trump en este momento es la de ser un católico ultraconservador. Un hombre que sabe moverse bien en las cloacas y que ha tejido en los últimos veinte años una red tradicionalista en torno al cardenal norteamericano Raymond Burke, alguien que se ha enfrentado abiertamente al Papa Francisco.
Según The New York Times, lo que comparten Bannon y Burke con los actuales enemigos de la cúpula vaticana es la idea fundamental de que el Pontífice está peligrosamente equivocado, que debajo del hábito blanco se esconde nada menos que un socialista y que no estaría de más intentar cambiar el rumbo de lo que consideran un pontificado errático.  Francisco ha apartado a los tradicionalistas, ha promocionado la acogida de inmigrantes que huyen de las guerras y el hambre, sean cristianos o musulmanes,  ha defendido la lucha contra el cambio climático y ha enarbolado la bandera contra la pobreza. Es decir, justo lo contrario de lo que intenta promover el presidente Trump.
La visión apocalíptica del asesor presidencial ha calado entre los conservadores norteamericanos, por supuesto, pero lo que es menos conocido, según el NYT, es que Bannon está cultivando alianzas estratégicas con quienes comparten en Roma su interpretación de una teología militante de extrema derecha. Una figura fundamental será el futuro embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede, un nombramiento que debe estar al caer y al que habrá que estar muy atentos.

A pesar de todo, en el Vaticano no parece haber miedo a la ofensiva ultraconservadora. Los tradicionalistas han perdido gran parte de la fuerza que consiguieron durante los anteriores pontificados, y el Papa Francisco, que ha tomado con fuerza las riendas de la Iglesia Católica, ha puesto un gran empeño en renovarla y en que las reformas que afronta perduren en el tiempo, más allá de la vida terrenal de un Pontífice que acaba de cumplir 80 años. En esa tarea, una de sus principales preocupaciones durante los próximos cuatro años será la de mantener a raya a personajes como Bannon y Burke sin enemistarse con los feligreses norteamericanos.

VENEZUELA, BERGOGLIO Y NUESTROS ENEMIGOS
Antonio Sánchez García | marzo 4, 2017 | Web del Frente Patriotico
“Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio.”
Tesalonicenses, 2-7
“Der Feind ist unsre eigne Frage als Gestalt. Weh dem, der keinen Feind hat, denn sein Feind wird über ihn zu Gericht sitzen. Weh dem, der keinen Feind hat, denn ich werde Sein Fein am jüngsten Tage.”[1]
            La intromisión papal en un grave problema político como el que nos afecta atenta contra la propia religión y, lo que es muchísimo más grave, contra la propia política. Pues religión y política, llevados a sus extremos existenciales, son absolutamente antinómicos. La religión, por lo menos la cristiana, que es de la que se trata, se sintetiza en una sola frase: “amaos los unos a los otros”. La política, en el extremo opuesto, trata y se sintetiza en otra de tan profundo y singular calado como la de Jesucristo, expresada de manera categórica por quien, de origen profundamente religioso, cristiano y católico, como el alemán Carl Schmitt escribiese en 1922, todavía frescos los millones de cadáveres dejados sobre los campos de batalla por los enemigos de las potencias políticas europeas: “el concepto de lo político puede ser reducido a la relación amigo-enemigo”. Llegado al punto del mortal enfrentamiento puesto en acción por las fuerzas golpistas, militaristas y castrocomunistas venezolanas a partir del 4 de febrero de 1992, su leit motiv no ha sido otro que el opuesto al de Jesucristo, impuesto en América Latina por Fidel Castro desde el 1 de enero de 1959: “odiaos los unos a los otros”.
              Benedicto XVI lo sabía. Imposible que un pensador como él, que protagonizara un extraordinario intercambio de opiniones con Jürgen Habermas, quien no sólo conoce profundamente la obra de Carl Schmitt sino que debe valorarla como han terminado haciéndolo todos los pensadores alemanes de origen marxista, incluidos judío-alemanes como Jacob Taubes y Leo Strauss, a quienes se deben dos importantísimos ensayos sobre el más grande teólogo de la política. U otros filósofos contemporáneos como el italiano Giorgio Agamben, el francés Michel Foucault o el alemán Heinrich Meier. Sobre el telón de fondo de ese contexto epistemológico, resulta evidente que Jorge Bergoglio no sólo no lo conoce, sino que procede como si no quisiera conocerlo: creyendo que los serviles funcionarios puestos al frente del gobierno de Venezuela por los hermanos Castro, para quienes la enemistad política debe llevar al extremo de valorar altamente la disposición y la capacidad de asesinar al enemigo fría y certeramente, como lo realizara y lo propusiera Ernesto Che Guevara, no han devastado y destruido a nuestro país como el último campo de batalla, por ahora, del comunismo en América Latina.
             Pero ni siquiera se trata de enfrentar a Bergoglio ante su aparente ignorancia en asuntos de teología política. Pues Carl Schmitt no inaugura la comprensión de la política como el campo de batalla civil de una mortal guerra a muerte encubierta por los usos y costumbres que la civilización ha terminado por imponernos a los hombres. Su pensamiento está prefigurado en el de Hobbes, cuya esencia parte de la cabal comprensión de que la vida social es, en su origen, desde que el hombre es hombre, la guerra de todos contra todos, o dicho en latin: bellum omnia contra omnes. ¿Jamás leyó Bergoglio el Leviathan, de Thomas Hobbes? ¿O al político, diplomático y sacerdote español Juan Donoso Cortés, que ante los horrores que presagiara la revolución europea de 1848 afirmó ante las cortes en enero de 1849 que la palabra dictadura era terrible, pero inmensamente más terrible era la palabra revolución. Uno de los problemas teológicos fundamentales de los orígenes del cristianismo, el katechon. ¿Quién y cómo detiene la devastación del fin de los tiempos mesiánicos? ¿El diálogo que lo conserva o una irrupción mesiánica que lo desaloja? Francisco apuesta por el primero. Nuestra Iglesia por la segunda. Como lo pide el pueblo de Dios. Un grave desacuerdo de naturaleza teológico política.
            Tampoco es que el cristianismo haya nacido con una rama de olivo en el pico de una paloma. El cristianismo nació y se desarrolló a la sombre de dos mortales enemigos políticos, a los que le declaró una guerra a muerte: el judaísmo y el Imperio Romano. Algo insólito y que provoca considerarla la más asombrosa obra política realiza por el hombre en la historia de la humanidad. Un puñado de iluminados y convertidos enfrentado a los dos grandes imperios del orbe conocido: el político del Imperio Romano y el espiritual del Judaísmo. A aquel se lo fagocitaría en una extraordinaria obra de sabiduría política y evangelizadora, hasta convertirse en religión de Estado el 27 febrero del año 380, cuando se convirtiera en la religión exclusiva del Imperio Romano por un decreto del emperador Teodosio. Al judaísmo, de cuyo seno naciera, la condenaría a no extenderse un centímetro más allá del límite de las 12 tribus: “Para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel” (Lucas, 22, 30). Empujado por urgencias de sus más preclaras conciencias, como Pablo de Tarso, cuyas epístolas son un compendio de sabiduría política. Y cuyo espíritu parece muy lejano al que anima a Jorge Alejandro Bergoglio, cuando al recomendarnos tengamos paciencia y no veamos a nuestros mortales enemigos sino como a hermanos, los mismos que siguen causando muerte tras muerte y devastación tras devastación, olvida que la esencia paulina se sintetiza en una frase inmortal: “el tiempo que urge”, que es “el tiempo que resta” nos impone librarnos de nuestros enemigos. Hic et nunc: aquí y ahora. La conquista del reino de Dios aquí y ahora, no el día de las calendas. Releo la epístola a los romanos y no encuentro ni falso candor ni engañosa bondad: encuentro a un combatiente que reniega de judíos, apóstatas y fornicadores, de idólatras y sodomitas, con una sola misión: imponer el mensaje de Jesús, incluso al precio de su vida. Reducir ese mensaje a poner la otra mejilla es traicionar la esencia del mensaje de Jesús, que llegó a expulsar a los mercaderes y fariseos del templo. Frente a los cuales prefirió sacrificar su vida que traicionarse a si mismo. Confiriéndole a su mensaje su más diáfano y esclarecedor destino político: enfrentarse al odio en todas sus formas. Preferentemente a las despóticas y dictatoriales, a las que se enfrenta con todo el rigor  del más acendrado espíritu cristiano, como nos lo acaba de recordar Luis Ugalde SJ, tal cual consta en los textos clásicos de la lucha del cristianismo contra los tiranos: “¿Quién mató al comendador? Fuenteovejuna, Señor”.
             La política, dijo Carl Schmitt, es nuestro destino. Y en un claro ejemplo de sus orígenes católicos, apostólicos y romanos afirmó que no debíamos llamarnos a engaño, que todos los conceptos políticos dominantes son conceptos teológicos secularizados. Por ejemplo, el de crisis de excepción, como la vivida el 23 de enero de 1958 o como la que hoy sufrimos los venezolanos, que al desvelar la parusía de un nuevo tiempo bien podría ser comparada con un milagro y de profundizarse la crisis humanitaria nos recuerda el Apocalipsis. La inmensa, la insólita gravedad de la crisis humanitaria que sufrimos los venezolanos tiene su más profundo origen en la traición de los políticos y los distintos factores de la hegemonía liberal democrática, que olvidando la esencia de su misión y apostolado confundieron a amigos y enemigos, entraron en contubernio con nuestros peores y más encarnizados enemigos y hasta el día de hoy confunden los términos y rehúyen su obligación paulina, apostólica: vencer a nuestros enemigos en el tiempo que resta, que es el tiempo que urge.
           La intervención de Francisco I en nuestros asuntos públicos, sólo aprobada y consentida a estas alturas por nuestros mortales enemigos – suyos, así se niegue a comprenderlo, y nuestros, que lo sabemos desde siempre – no hace más que desdibujar los contornos de nuestra tragedia y tender un mantmi o de legitimación sobre nuestros enemigos, disfrazándolos de hermanos y amigos. Un grave descuido del mensaje cristiano, pues contribuye a darle largas a la conquista del reino de Dios y la felicidad sobre la tierra aquí y ahora, cuando sería perfectamente posible si abriéramos los ojos, llamáramos a las cosas por su nombre y tratáramos a nuestros enemigos con la voluntad, el coraje y la decisión que los enemigos se merecen: hasta desalojarlos de raíz, sin debilidades, complacencias ni contemplaciones. Como lo pide Pablo de Tarso: en el tiempo que resta.
[1] “El enemigo es nuestro propio asunto como figura. Pobre de aquel que no tiene enemigos, pues su enemigo se le presentará a juicio. Pobre de aquel que no tiene enemigos, pues yo seré su enemigo el día del Juicio Final.” Carl Schmitt, Ex Captivitate Salus, Greven Verlag Köln, 1950. Pág.90