Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

jueves, 5 de octubre de 2017

Película sobre Blue Label... La adaptación de la novela será dirigida por Alejandro Bellame. María Gabriela de Faría se encargará de interpretar al personaje de Eugenia Blanc. Eduardo Sánchez Rugeles, autor del libro, es coguionista de la trama fílmica.Filme venezolano retratará la diáspora de jóvenes en el país El rodaje de la película durará siete semanas y su estreno se espera para principios de 2019

Eduardo Sánchez Rugeles, un escritor venezolano "en destierro voluntario"
Nacido en 1977 en Caracas de una familia clase media, Sánchez Rugeles decidió en 2007 irse a Madrid. El motivo inicial fue estudiar una maestría, pero a seis años de distancia, ya con doble nacionalidad -pues su esposa es una venezolana descendiente de españoles- el regreso a su tierra se le antoja lejano.

Sánchez Rugeles 
EL UNIVERSAL
viernes 15 de noviembre de 2013  03:28 PM
Caracas.- Como muchos venezolanos, el escritor Eduardo Sánchez Rugeles, residente en Madrid hace seis años, buscó un "destierro voluntario" para escapar de una "cotidianidad agresiva", confiesa en una entrevista con la AFP en Caracas, donde recibirá el sábado un premio por su novela "Liubliana".

"Los venezolanos que nos vamos no vivimos en una condición de exilio político si la comparamos con experiencias de otros países. Me gusta hablar más de destierro voluntario", explica Sánchez Rugeles desde su casa la capital venezolana.

Nacido en 1977 en Caracas de una familia clase media, Sánchez Rugeles decidió en 2007 irse a Madrid. El motivo inicial fue estudiar una maestría, pero a seis años de distancia, ya con doble nacionalidad -pues su esposa es una venezolana descendiente de españoles- el regreso a su tierra se le antoja lejano.

"Liubliana", la cuarta obra de este joven escritor que empezó a publicar ya radicado en Madrid -uno de los escenarios de esta novela, junto a Caracas y la capital eslovaca que da título al libro-, resultó ganadora del Premio de la Crítica a la Novela 2012 de Venezuela, galardón que recibirá este fin de semana.

Al igual que su autor, Gabriel, el protagonista de la historia, es un venezolano que se va a Madrid cansado de la polarización política y la inseguridad que marcan la vida de Venezuela, y de Caracas en particular.

"Es sentirse incómodo dentro de tu lugar, dentro de tu ciudad, no reconocerte, sentirte hastiado de esa cotidianidad caraqueña venezolana que se hizo tan agresiva, tan problemática, tan conflictiva. Fue ese no reconocerse lo que me llevó a salir a otra parte, simplemente para tener una vida más tranquila", agrega el escritor.

Sánchez Rugeles se define sin tendencia política, y asegura que el presidente Hugo Chávez, fallecido en marzo tras 14 años en el poder, fue otra de las motivaciones para su "destierro voluntario". "Quería ver la vida sin esa omnipresencia del asunto político, del 'Chávez hizo', 'Chávez dijo'", añade.

"La primera vez que voté, voté contra Chávez", dice sin tapujos el escritor, que reconoce que el mandatario gozó de una legitimidad electoral como pocos dirigentes en el mundo y que, aunque el chavismo pueda lanzar fuertes críticas a escritores disidentes, éstos nunca han sido perseguidos ni censurados.


El "amor-odio" con Caracas

Sin embargo, en la narrativa de Sánchez Rugeles, también autor de "Blue Label/Etiqueta Azul", "Jezabel" y "Transilvania Unplugged", Caracas también es protagonista.

La ciudad está presente con sus chavistas y detractores, sus tragedias, como las inundaciones de 2010, sus calles de noche que asustan y las a veces desenfrenadas reuniones caseras de adolescentes en busca de puntos de referencia.

"Es una relación de amor-odio. Caracas puede ser mala, pero no tanto. Si la conoces, se deja llevar", comenta Sánchez Rugeles, quien se atrevió a escribir en "caraqueño" pese a advertencias de los editores, que no le auguraban mucho éxito con ese lenguaje.

"Liubliana" recibió en 2011 en México la distinción Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, mientras que el jurado del Premio Arturo Uslar Pietri reconoció a "Blue Label/Etiqueta Azul" por plasmar la realidad de la juventud caraqueña.

Sánchez Rugeles tiene terminada una novela infantil y trabaja actualmente en un proyecto para llevar al cine "Blue Label/Etiqueta Azul", centrada en una joven que ve en el origen francés de su abuelo su "salvación" para poder emigrar a otro país.

"Cuando era adolescente, nadie buscaba si tenía un abuelo europeo, ahora sí", concluye



Película sobre Blue Label sonará a Cayayo Troconis autor de buena parte de las melodías que se escucharán en el filme. En la obra literaria la referencia musical más notoria es la de Bob Dylan, pero por los costos de los derechos, la producción eligió al cantautor venezolano.



La adaptación de la novela será dirigida por Alejandro Bellame. María Gabriela de Faría se encargará de interpretar al personaje de Eugenia Blanc. Eduardo Sánchez Rugeles, autor del libro, es coguionista de la trama fílmica
Por HUMBERTO SÁNCHEZ AMAYA | HSANCHEZ@EL-NACIONAL.COM | @HUMBERTOSANCHEZ
05 DE OCTUBRE DE 2017 12:01 AM

María Gabriela de Faría será el rostro en el cine de Eugenia Blanc, uno de los personajes principales de Blue Label/Etiqueta azul, la popular novela de Eduardo Sánchez Rugeles, que será adaptada a la gran pantalla por Alejandro Bellame, coautor del guion junto con el escritor.
Han pasado cinco años desde que ambos empezaron a trabajar en este proyecto, hasta que finalmente lo concretan con el inicio del rodaje, el 16 de octubre, saliendo de Caracas en un trayecto hacia el páramo, un recorrido que está previsto para siete semanas.
Desde hace meses hay intriga sobre el filme a través de las redes sociales en las que se han subido distintas imágenes; pero ayer finalmente se conocieron los rostros de los protagonistas. Además de Blanc interpretada por De Faría, Titina tendrá el rostro de Edmary Fuentes y el de Vadier será el de Erick Palacios. Todavía no se revela quién será Luis. El resto del elenco lo conforman William Goite, Alberto Alifa, Verónica Arellano, Martha Estrada y Willy McKey.
Eso sí, el apellido de Eugenia será Bianchi, en uno de los cambios que se dejó entrever ayer en la rueda de prensa, pues el país coproductor de la cinta es Italia.
No es seguro que el largometraje lleve el mismo nombre de la novela. Una opción que se maneja es Dirección opuesta, como también se llama una canción compuesta por Cayayo Troconis, autor de buena parte de las melodías que se escucharán en el filme. En la obra literaria la referencia musical más notoria es la de Bob Dylan, pero por los costos de los derechos, la producción eligió al cantautor venezolano. “También es un asunto de buscar la universalidad con lo local”, indicó Bellame. El título dependerá además de unas 


negociaciones que lleva a cabo con Diageo, propietaria de la marca de Johnnie Walker.
El realizador dio un detalle de la trama: “Eugenia tiene 30 años de edad y vive en Italia después de dejar Venezuela 13 años antes. Un día recibe un mensaje de texto que le recuerda una promesa y un aniversario. En su memoria aparece nuevamente ese amor adolescente. Era una muchacha a punto de graduarse de bachillerato con el único objetivo de irse”. La joven emprende entonces un viaje para encontrar a su abuelo, pieza clave para alcanzar su objetivo. “Blue Label retrata a una Venezuela muy actual y se proyecta de alguna manera sobre un futuro cercano que esperemos sea muy esperanzador”, agrega.
En el libro, Sánchez Rugeles es contundente al retratar a una Venezuela decadente y asfixiante, además de mostrar temas tabú relacionados con la juventud. Con respecto a los señalamientos a la realidad política, Bellame asegura que hasta ahora no habido problemas, mucho menos cuando se buscó al CNAC para el financiamiento. “Sí puedo decir que está muy matizado, pero no por autocensura. Pensamos que el aspecto cinematográfico mejoraba si dejábamos eso un poco de lado”.

Por GÉNESIS HERRERA | GEHERRERA@EL-NACIONAL.COM | @GENHERR15
09 DE OCTUBRE DE 2017 11:14 AM | ACTUALIZADO EL 09 DE OCTUBRE DE 2017 11:41 AM
Este 16 de octubre iniciará el rodaje de la película venezolana Blue Label/Etiqueta Azul, en Caracas. La producción es una adaptación de la novela homónima del reconocido escritor venezolano Eduardo Sánchez Rugeles y será dirigida por Alejandro Bellame.
El rodaje durará siete semanas y el estreno del filme se espera para principios de 2019. María Gabriela de Faría será Eugenia, la protagonista, y estará acompañada de actores como Edmary Fuentes y Erick Palacios.
Debido a que el país coproductor del filme es Italia, la ascendencia de Eugenia será italiana, a diferencia del libro, en el que es descendiente de franceses y su apellido es Blanc.
La producción cinematográfica narra la historia de Eugenia Bianchi, una caraqueña que vive en Europa desde hace más de 10 años y que, tras una llamada que le recuerda una promesa de amor, rememora la etapa de su vida en Caracas, cuando tenía 17 años y su único objetivo era irse de Venezuela. Junto con su amigo Luis Tévez decide emprender un viaje a Los Andes para encontrar a su abuelo europeo, incierta y única esperanza de obtener los papeles para poder irse a dicho continente.
En la película se podrá ver a una Eugenia adulta que no deja de evocar sus vivencias en la capital venezolana y los caminos que la llevaron al exilio. También estará Luis Tévez, su gran amor adolescente.
Bellame, quien se encargó del guión junto a Sánchez Rugeles, señaló que se encuentra emocionado de poder empezar este proyecto que tenía seis años en gestación. Además, indicó que el proceso de casting ha tenido muchísimas etapas; hace tres años habían realizado un proceso de selección que tuvieron que detener. Finalmente, María Gabriela de Faría se hizo con el papel de Eugenia.
“Eugenia es un personaje complejo, lleva una carga emocional muy grande. Uno como actor no ve la dificultad en la edad del personaje que va a interpretar, sino en todo lo demás”, aseguró María Gabriela, quien tendrá su primera protagonización cinematográfica con este proyecto y que vive desde hace algunos años en Los Ángeles (Estados Unidos). Además, mencionó que mientras más tiempo pasa, más tiempo quiere permanecer en Venezuela. “Estoy muy feliz de que este fuera el proyecto que me trajo a casa”, enfatizó.
Respecto al tema de la adaptación, el director aseguró que fue un proceso muy largo y muy grato. Reveló que quisieron hacer un ajuste que emulara lo que es el proceso de la memoria.  “Hay esencias que se mantienen y otras que son nuevas”, explicó.
En la obra literaria, la música juega un papel fundamental y forma parte del hilo narrativo de la historia. Este elemento lo mantendrán en la película y serán las melodías del venezolano Cacayo Troconis las que guíen las escenas.
“Con Cacayo apelamos a un referente más cercano. El acercamiento a lo nuestro podría hacerlo más atractivo hasta para el mercado internacional”, expresó Bellame.
El equipo productor reveló que no es seguro que el largometraje lleve el nombre de la novela; el título que podría llevar el filme sería Dirección Opuesta. El actor que se encargará de encarnar a Luis Tévez aún no ha sido escogido, aseguraron que se han dado más tiempo para elegirlo.
El coguionista declaró que Blue Label fue lo primero que leyó de Sánchez Rugeles. “Vi su potencial cinematográfico. Creo que esta novela tiene una pertinencia con nuestra actualidad venezolana. Me pareció totalmente oportuno”, detalló.


Blue Label/Etiqueta Azul, de Eduardo Sánchez Rugeles
La novela Blue Label/Etiqueta Azul —galardonada con el Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri en su edición del año 2010—, escrita por el narrador venezolano Eduardo Sánchez Rugeles, y que ha sido recibida con excepcional entusiasmo por los jóvenes lectores del país, comienza con una referencia ineludible, en boca de su protagonista Eugenia Blanc, a lo que hoy constituye el credo de una nueva camada de venezolanos que salen del país, con un bagaje de vivencias que los convierte en los primeros en escoger una hoja de ruta distinta a la de sus antecesores, una frase que a modo de epígrafe dará entrada a su capítulo inicial:
—Y tú, ¿qué quieres ser cuando seas grande?
—Francesa.
U.E. Colegio S. _____________. Cuarto Grado, sección C. 2001
Alumna: Eugenia Blanc.
Su joven protagonista, caraqueña sin mayor experiencia de la ciudad que habita pero no conoce, con una prematura visión de la vida marcada por decepciones y ausencias familiares irreparables, en un recorrido que nos remite a un bildungsroman, urbano y provinciano a la vez, con elementos de una posmodernidad cuyo eco no termina de disiparse, emprende un viaje absurdo en apariencia, en compañía de Luis Tévez y Vadier Antonio Suárez, compañeros de estudios, semejantes a ella en su desarraigo congénito, en busca de un abuelo desaparecido que apenas conoció, un europeo perdido en Indias, extraviado en algún pueblo olvidado del pie de monte cordillerano, de quien necesita obtener la posibilidad de emigrar del país arropada en el hecho de poder adquirir la nacionalidad que aquél ostenta, como una carta a favor de su deseo de escapar de una realidad que no entiende y le fastidia.
Vemos, en este recorrido de vida, a seres unidos por intereses disímiles que llegan a converger por circunstancias accidentales conforme avanza este relato, que representan distintos estratos sociales, personas jóvenes que reniegan de un pasado que entienden como equivocado pero que no terminan de aceptar la responsabilidad por una historia que ellos no han escrito ni un presente que se les pretende vender como una receta única; en ese grupo de outsiders destacan Eugenia y Luis, príncipes sin corona a quiénes aquellos rinden admiración, cual corte de los milagros que los acepta sin juzgarlos.
En el desarrollo de esta trama presenciamos el derrumbamiento progresivo y la transformación no sólo es de sus personajes, sino de una generación desengañada ante lo que consideran el fracaso estruendoso y colectivo de una nación, que se va desmigajando entre las contradicciones de sus individuos e instituciones, en perpetua recreación fundacional en cada etapa de su historia remota o reciente.
A lo largo de esta travesía que se va diferenciando en cada capítulo con títulos que aluden a referencias espaciales, ciudades o pueblos que los viajeros recorren, nos toca presenciar cómo éstos ponen en evidencia, en diferentes episodios hilarantes o funestos, sus mutuas diferencias, sus propios demonios por conjurar, que los hacen buscar diversión sin freno y mostrar irreverencia ante un establishment tropical del que se burlan y al que desprecian, pero el amor se hace presente cuando Eugenia y Luis logran, en instantes cortos e intensos, darle forma y consistencia a un afecto que, pese a lo breve de su duración, tiene resonancias futuras en la vida de Eugenia, cuando ya mujer adulta recuerde y reviva de la manera más insospechada los instantes vividos con su amante y con el resto de sus compañeros de viaje.
No puede pasarse por alto que este libro se alimenta de los referentes culturales propios del final de siglo y de la primera década del siguiente milenio: giros en el habla coloquial, películas y personajes del panteón nacional y foráneo, modas, costumbres y hábitos de seres que transitan el final de una época y presencian el nacimiento de otra etapa de una tierra nativa que ya no reconocen ni los reconoce; la música que escuchan, cantan y sufren, que parece acompañar a la trama de este libro en distintos momentos y durante ese viaje del cual regresan convertidos en adultos, son coordenadas claras que definen muchas de las atmósferas emocionales que alimentan esta historia a un mismo tiempo hermosa y trágica, un soundtrack donde convergen Bob Dylan con una Paulina Rubio o El Canto del Loco con el tema musical de una serie de televisión popular en los canales de señal cerrada.
Al final, esta narración, que empezó con el deseo de Eugenia de ser una extranjera, nos muestra que sus expectativas se cumplen pero el círculo de vida se abre y cierra para ella en la misma soledad que ha elegido, en donde sus afectos y sueños quedan atrás en el país inconcluso al que ha prometido no volver jamás.

Publicado el 17 mayo, 2010por Alfonso Molina en Ideas de Babel blog

Asuntos urgentes demandan nuestra reflexión. En esta oportunidad, no me pronunciaré en torno a los posibles méritos o deficiencias de una novela llamada Blue Label/Etiqueta Azul. El difícil arte que supone hablar de sí mismo exige un sentido de la humildad, la economía de medios y la autocrítica que, en ocasiones, dada la ambigüedad de las actitudes humanas, suele confundirse con la prepotencia. Si Arturo Uslar Pietri, con fina ironía, declinó hablar de sus Las Lanzas Coloradas en el ensayo Hombres y letras de Venezuela, no pretendo refutar esa lección. En esta ceremonia, podría improvisar una sugerente reflexión sobre los motivos, complejos, pesquisas e intuiciones que, actualmente, configuran la escritura en América; podría, en ejercicio lúdico, ofrecer un desmontaje pseudoerudito del canon de nuestra historia literaria; podría imitar los ejemplos de Roberto Bolaño, Vila-Matas o Vallejo y, alternativamente, exponer transgresiones sagaces, ironías metaliterarias o invectivas tremendistas. Los últimos sucesos, sin embargo, me obligan a utilizar la literatura como mero contexto. Hoy debo hablar de otros asuntos. La revisión fragmentaria de los ensayos de Arturo Uslar Pietri permite apreciar, a primera vista, los avatares de una obsesión; obsesión que ha sido el epicentro de recientes insomnios, monólogos inconclusos, refutaciones silentes y paradigmas revocados. En esta oportunidad, sin falsos entusiasmos ni militancia maniquea, pretendo ofrecer algunas consideraciones en relación con la más aguda de todas las mortificaciones de Arturo Uslar Pietri: hoy, debo hablar de Venezuela. Desde las limitaciones del ingenio, utilizaré este espacio para improvisar un Pizarrón.
Hablar de Venezuela es un ejercicio complicado. Nuestra idiosincrasia está ensamblada sobre una frágil estructura de prejuicios, de mitos de creación, resentimientos fundacionales e hipersensibles narcisismos que, en la mayoría de los casos, distorsionan el sentido de la reflexión y la intención. La autocrítica, en distintos contextos, se percibe como ofensa. La Naturaleza y el pasado legendario suelen ser los argumentos sobre los cuales fundamos nuestra epopeya. La condición humana, sin embargo, se pierde de vista, se esquiva, se parodia. Si bien la crisis de hombres ha sido una constante discursiva en la ensayística venezolana aún, públicamente, resulta espinoso reconocer nuestra cultura imperfecta. El fracaso social sigue siendo un tabú. Cecilio Acosta, Briceño Iragorry, Picón Salas y, en ocasiones, el propio Uslar son pensadores antipáticos, incómodos; su transgresora lucidez atenta contra nuestra irrefutable cultura de la grandeza.
Pasados diez años del siglo XXI, dejando de lado esencialismos románticos, hemos de reconocer la contundencia de la derrota. Venezuela, hoy día, es una hipótesis no resuelta. El presente, en sus múltiples facetas, es un indicio claro de que no sabemos vivir en sociedad. La tradición, de alguna forma, ha naturalizado la violencia; sin darnos cuenta nos acostumbramos a la discutible dignidad del insulto y al conformismo mediocre. Esta situación ha dado lugar a que las nuevas generaciones sean herederas de una idiosincrasia falsa, de una virtud supuesta. Solemos definirnos, públicamente, como un pueblo alegre; esta alegría espontánea, esta integridad del ser dicharachero nos ha permitido configurar una especie de humorismo trágico, de carcajada nerviosa. Quizás, como salubre ejercicio de madurez y catarsis, sea necesario reconocer que nuestra verdadero patrimonio es el de la tristeza; una tristeza que se funda en la imposibilidad del diálogo, en el elogio permanente de la burla, en el miedo a los otros, la espontánea desconfianza y la feliz ignorancia que ha dado lugar a aquello que, con orgullo impostado, hemos definido como viveza; dudoso atributo que, en el fondo, no es otra cosa que la lenta agonía de nuestra eticidad.
La cultura política ha convertido el siglo XIX en una ética. La escuela nos enseña que el pasado es algo así como un destino manifiesto; que el retroceso, desde cierto punto de vista, es una forma de avance. El ideario decimonónico ha sido una invasiva referencia de excelencia, de verdad incuestionable, de teología pagana. Intuyo que nuestro estancamiento sociocultural está en clara relación con la dependencia enfermiza de ese imaginario mundano. A este respecto, con las manos atadas en el paradigma romántico descrito con lucidez por Luis Castro Leiva, me gustaría presentar a la juventud venezolana una modesta propuesta:convertir el siglo XIX en documento. Nuestro mundo es otro, las formas de lo real han cambiado de manera rotunda. Lo diré sin ambages ni eufemismos: la pretensión de ser bolivariano en nuestros días, además de un vago anacronismo, es una ingenuidad; ingenuidad condicionada por el peso inevitable del tiempo, por el orden del mundo, por la relación frenética e incomprendida entre el desarrollo tecnológico, los modos de la rutina y los complejos escenarios de lo contemporáneo. Si bien, en su contexto, reconozco el valor, la belleza, la originalidad y la necesidad histórica de plantear esas inquietudes, afirmo, con profunda responsabilidad, que los intereses de la Venezuela contemporánea no aparecen descritos en la Carta de Jamaica.
Esa historia política, contemplativa y acrítica, ha sido la responsable de la vulgarización de las palabras. Una revisión superficial de los manuales de historia de Venezuela nos habla, por ejemplo, del deterioro conceptual de la palabra revolución. Desde 1830 hasta nuestros días asistimos a una especie de Rock en Río o concierto popular de revoluciones: azules, amarillas, libertadoras, restauradoras, rojas, de abril, de octubre, de reformas y un largo etcétera de inabarcables vergüenzas. A este respecto, con súbita intuición, Ramón Díaz Sánchez expresó en su olvidado e inolvidable ensayo sobre Antonio Leocadio Guzmán que los venezolanos, por revolución, entienden cualquier impulso animal de rebeldía, subversión o atropello brutal de la ley. Hoy, en 2010, creo que es legítimo tomar posición ante este descolorido sustantivo. Yo no creo en revoluciones; sí creo, por otro lado, en la necesidad de una profunda revisión, de un examen de conciencia común –una especie de psicoanálisis social- en el que podamos confrontar los orígenes del conflicto y tratar de justificar nuestra sucesiva incapacidad para constituirnos como un colectivo si no armónico, al menos, tolerante y sostenible. Insisto, aún corriendo el riesgo de la redundancia, en el hecho de que debemos adaptarnos a la cronología. La historia es sólo historia, experiencia, teoría, referente, acopio cultural, enseñanza y estímulo, pero es necesario entender que el presente y el futuro son categorías distintas. A pesar del auge tecnológico, del I-pad y la dependencia enfermiza del BlackBerry seguimos siendo una sociedad feudal y mitológica. La escuela venezolana sigue contando nuestro pasado a través del esquema de los grandes relatos, historias que complacen, de la manera más superficial, el fanatismo de la pertenencia pero que, con el paso del tiempo, y quizás por el abuso del discurso político, han dejado de constituir un arraigo. La cultura del mito trasciende la cuestión decimonónica; una sucesiva estructura de mitos modernos ha pasado a ser la marca referencial de nuestra historia contemporánea. Miguel Otero Silva, a este respecto, subrayó con furia en un prólogo posterior a la publicación de Fiebre las posibles perversiones que podían suceder tras la mitificación de la llamada de Generación del 28; aquella reflexión, como el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry, se perdió en el tiempo. La disciplina histórica, en este contexto, colapsa. De manera binaria encontramos, permanentemente, la vulgarización de la memoria: 18 de octubre de 1945; mito, de nuevo la palabra revolución; la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, mito, relato preciosista sobre la magnificencia de la infraestructura y el orden; luego, entre distintas escaramuzas, se conformó una burda mitificación del afán libertario de los años sesenta, la guerrilla, la capucha, el terrorismo ingenuo y la transgresión banal se constituyeron en nuestro imaginario como un referente de lucha, de libertad posible. La historia, en este ir y venir de epopeyas de serie B, no deja de ser una nota al margen; la experiencia, las vivencias, aparentemente, no importan.
A pesar del entorno hostil, a pesar del rencor institucionalizado, he logrado aprehender la posibilidad de una esperanza; esperanza real, ajena al universo pueril de las buenas intenciones y el optimismo fatuo. Distintas experiencias me han hecho apostar por la idea de futuro. Durante tres años tuve la oportunidad de trabajar como docente en el difícil marco de la Educación Media caraqueña. Aquella fue una elección personal que, más allá de la pírrica remuneración, me trajo satisfacciones inmensas. Esa elección fue censurada por muchos compañeros de profesión, licenciados en disciplinas humanísticas. Con ese tipo de sarcasmo cruel y fascinante con el que letrados y filósofos empapelan sus mundos, muchas veces fui interpelado por la supuesta vulgaridad de mi oficio. Para muchos de mis compañeros, yo no era más que el pobre pana que sólo quedó para dar clases en bachillerato, aquel cuyas aspiraciones –al aceptar el innoble ejercicio de la docencia- parecían estancarse, conformarse con el escándalo infantil e insignificante de un aula de clase. Nunca di respuestas a estos señalamientos; mi temperamento siempre evitó el tener que justificar algo que, entonces, no sabía expresar con palabras. En esta oportunidad, respaldado por el perfil pedagógico Uslar, creo que podría intentar responder a esas denuncias y, al mismo tiempo, justificar mi credo por la idea de futuro. Tal vez parezca cursi o romántico pero entiendo que, hoy día, la cuestión de la enseñanza no es más que un ejercicio de miradas. Sé que los jóvenes de la Venezuela del siglo XXI sólo necesitan que alguien se tome la molestia de verlos a los ojos y entender la infinita sucesión de paradojas que se confrontan en la adolescencia. En las miradas de los estudiantes con los que tuve la oportunidad de trabajar vi algo que, por lo general, echo de menos en los rostros de mi generación; algo sencillo, algo simple, algo que nuestra tradición de fracasos e improvisaciones ha convertido en anécdota chistosa, algo que la ignorancia denuncia y que por una especie de determinismo social o mecanismo de defensa, pareciera sano excluir. En aquellos ojos había, simplemente, sueños. Y educar, a mi humilde criterio, no es más que saber canalizar e interpretar las posibilidades de esos sueños. “A mitad del camino de la vida, ausente y extraviado en mi selva particular” aún desconozco la mayoría de las cosas del mundo. A veces, cuando la realidad ofrece su rostro más visceral, cuando la muerte y la miseria imponen su criterio, dudo de la existencia de Dios, otras veces cuestiono su bondad. Mi realidad se sostiene sobre una infinita sucesión de dudas, contradicciones y dos o tres certezas. Una de esas certezas se funda en la necesidad de reforzar y constituir el valor humano y trascendental de la enseñanza.
Hablar de optimismo en Venezuela puede resultar un ejercicio vano. El verbo soñar, incluso, inscrito en una larga tradición de descreimiento y parodia, podría dar a mis palabras lecturas sensibleras o asimilar esta ponencia a slogans de religiones postmodernas, inspiradas en una especie de paganismo mercantil. Sé que las nuevas generaciones, aquellas que heredarán el descalabro del presente, sólo necesitan inspiración, algo en qué creer, algo que se parezca a lo que aspiran, a lo que el mundo real les exige en lugar de la fábula festiva de los héroes amistosos que de mutuo acuerdo fundaron, a la manera de los mundos de Leibniz, el mejor de los países posibles.
Resulta vergonzoso apreciar cómo, a lo largo del siglo XX, los líderes políticos utilizaron a conveniencia el recurso retórico de la patria. Desde esta tribuna, sin tener inferencias precisas, me pregunto: ¿Qué es la patria? ¿Qué significa, en el siglo XXI, esa noción abstracta y alienante? Mis convicciones vacilan a este respecto. Intuyo, sin embargo, que si tuviera que elegir entre la prostituida espada de un héroe viejo y una visión de país constituida por el bienestar de sus gentes, la calidad de vida o la utópica perspectiva de un fin de semana sin asesinatos inútiles no tendría mucho qué discernir. Las espadas, a fin de cuentas, no son más que piezas de museo, objetos de un siglo que caducó. Creo con firmeza que este país sólo tendrá un desarrollo posible cuando logremos arrancar de nuestro imaginario toda esa retórica baldía de bayonetas, caballos moribundos y escaramuzas devenidas en épica. Entiendo que, a la luz del paradigma oficial, hacer patria supone expresar una sentida indignación porque la armada invencible de una potencia extranjera utilice los puertos de Curazao para repostar combustible. Probablemente, el hacer patria exige gritar injurias o fingir agravios ante el mundo por la noticia de que un avión invisible sobrevoló el espacio aéreo de San Antonio del Táchira. O, quizás, esa idea de patria exija aplaudir la compra desmedida de armamento a las antiguas repúblicas soviéticas que, procurándose un futuro más o menos digno, buscan en el mercado internacional obtener un beneficio rentable de su chatarra. Si eso es hacer patria, entonces manifiesto mi desinterés y, de ser necesario, mi renuncia. Antes que esa visión vulgar y rastrera del arraigo me conformo con hacer literatura y, protegido por la dignidad de las aulas, desarmado, asistido únicamente por la voluntad y el valor del estudio, empeñarme en decirle a un grupo de adolescentes que someter a crítica la memoria histórica de un país es el deber natural de toda generación que aspire a la excelencia; sugerirles que la vida sólo vale la pena ser vivida si se tiene un mínimo sentido del significado del respeto, la paz y aquello que otras culturas entienden por la palabra libertad.
A mediados del siglo pasado, Miguel Ángel Asturias inició un fascinante ciclo que la crítica literaria ha definido como novelas de dictadores. También Arturo Uslar Pietri, con su Oficio de difuntos, tomó posición en torno al relato de las sistemáticas violaciones de los derechos humanos llevadas a cabo por regímenes de fuerza. Las dictaduras, por fortuna, son parte del pasado de América. Existe una excepción insular, es cierto, excepción que de manera curiosa es el modelo político de ciertos gobiernos. Hoy día, valdría la pena plantear a los creadores de ficciones, artistas plásticos, músicos y demás ingenieros del espíritu, la posibilidad de constituir el ciclo narrativo de las democracias artificiales. Aquellas que, tras una vulgarización y vigilancia opresiva del voto, propugnan ideologías sin ideas, socialismos asociales e inventan banales efemérides con el fin de promover conflictos innecesarios y hacer apología de la guerra. La persistencia del discurso político por avanzar hacia el pasado produce insoportables alergias. Asombra contemplar cómo la década perdida, aquella que se inició con la tragedia de La Guaira, ha representado el retorno a epidemias de paludismo, malaria y mal de Chagas; a la paulatina desaparición del agua potable y la luz eléctrica; a la reivindicación del trueque y la indolencia creciente ante al bandolerismo de nuestras autopistas, convertidas en caminos de tierra.
Hoy, a través de este reconocimiento, quisiera tomar posición a favor del futuro. Creo firmemente en el poder de las palabras. Tengo la convicción de que la literatura es inmune a la censura y al agravio, al grito feraz del ignorante. El poder, el pobre poder, podrá utilizar sus ministerios para amedrentar al pensamiento libre; se podrán cerrar medios de comunicación e intimidar la voluntad de hombres y mujeres con fusiles y ballenas pero, difícilmente, pueda constituirse algún decreto que silencie el empeño de la voluntad, la promiscuidad de los sueños y la invulnerabilidad de las palabras. Esa idea, justamente, es la que pretendo infundir en el aliento mortificado de las nuevas generaciones. Mi arenga a la juventud apuesta por el retorno a lo esencial, a la dignidad del lenguaje. Simplemente, lean, vuelvan leer, piensen, sean autocríticos. La tolerancia sólo se construye con el ejercicio cotidiano de la paciencia y el diálogo. Aprendan a escucharse a sí mismos, a refutarse, a administrar con madurez la sucesión humana del subir y el caer. Pido disculpas al auditorio por la posible pedantería de mi estilo didáctico, no he perdido el hábito del aula y la retórica, mal acostumbrada a las franelas beiges de los estudiantes, imita el gesto vocativo de mi oficio. No pretendo decir a nadie lo que tiene que hacer o, mucho menos, cómo debe vivir. Mi relación con la enseñanza es un conflicto no resuelto, un argumento lacerante del insomnio, una cruzada particular que, probablemente, a la luz de alguna legislación a la cartapueda ser tipificada como delito. No es de extrañar que el humilde deseo de que este país pueda ser un lugar mejor, según el criterio fanático de algún ministerio iletrado, sea previsto como una inaceptable falta que merezca ser castigada con la rueda o el potro.
Tras este magma irresoluto de consideraciones intempestivas tengo el afable deber de exponer algunos agradecimientos. Agradezco, en principio, a la Fundación Arturo Uslar Pietri por su exagerada diligencia en todo lo que ha representado la organización y convocatoria de este Premio Iberoamericano de Novela. Subrayo, en este contexto, la abusiva bondad de mi amigo Níkola Krestonosich quien, en estos días saturados de diligencias y nuevas experiencias, se ha convertido en una especie de Virgilio, abandonado en el averno caraqueño. Más allá del respaldo a la novela quisiera dar un reconocimiento a la Fundación por la encomiable labor que realizan con el Sistema de Niños y Jóvenes Escritores de Venezuela, una gesta que, sin duda, procurará grandes beneficios. De igual forma, agradezco a los miembros del jurado por la lectura crítica y amable que hicieron no sólo de Blue Label/Etiqueta Azul sino también de mi incomprendida Transilvania. Cuando, hace un año aproximadamente, comencé a redactar Blue Label nunca imaginé que aquel trabajo solitario, aquel ejercicio de otredades, transgresiones lúdicas, retóricas juveniles y recuerdos inconexos podría tener la potencialidad de convertirse en texto publicado. Mis objetivos literarios, obstinadamente, estaban enfocados en otro proyecto. Aprendí a creer en Blue Label gracias al apoyo y el estímulo de algunas personas cercanas a mi entorno. En este sentido, agradezco el oficio lector de mi esposa, Beatriz Castro, quien hizo severas lecturas del manuscrito y, con suma pertinencia, denunció gazapos, redundancias, cacofonías y defectos puntuales que mis primeras lecturas no alcanzaron a precisar; a Cecilia Egan por su fe incuestionable en la novela; por el mensaje de texto que, en una madrugada de octubre, me hizo llegar para decirme que Blue Label, a pesar de estar hablada en venezolano, había logrado tropezar con el lenguaje universal que supone el vértigo de la adolescencia. Debo expresar también un sentido agradecimiento a Luis Yslas, Rodrigo Blanco y a todo el equipo de mi casa virtual, el portal ReLectura. Hay otros agradecimientos que, intuyendo la fragilidad de mi temperamento, preferiría hacer de manera privada. Mi familia, en sus dos vertientes, desciende de una legendaria estirpe de sensibleros que, inevitablemente, me ha hecho depositario de un espíritu blando. La conciencia de mi debilidad, la vergüenza y el respeto por las formas solemnes no me permiten pronunciar algunos nombres que, por demás, sé que no hace falta mencionar.
Quisiera cerrar esta intervención haciendo referencia a un conflicto irresoluble y omnipresente en las distintas discusiones sobre el pasado, el presente y el futuro de Venezuela; conflicto que, últimamente, he tropezado en múltiples foros y tertulias. Me refiero al álgido debate sobre la venezolanidad. Hay un empeño casi fanático en demostrar la pureza del folklore, la autenticidad de la tradición y el hermetismo de nuestra esencia. En distintos contextos, existe una urgente necesidad por descubrir un origen supuesto, una raíz común, un patrimonio telúrico. Esa abstracción imaginada, en ocasiones, se enfrenta de bruces contra la refutación de lo real. La venezolanidad es un asunto que, particularmente, no me crea conflicto. Tengo la convicción de que la condición humana es anterior a la idea de nación y que, seguramente, sólo lograremos ser un país digno cuando, haciendo a un lado el juego de la idiosincrasia perfecta, trabajemos con humildad y paciencia en la reconstrucción de aquello que Uslar Pietri definía con la sencilla y compleja noción de valores humanos. Quizás, a los ojos del mundo, podamos convertirnos en un referente virtuoso el día que la virtud se practique de manera espontánea en lugar de ejercer la excelencia por encargo o la ética por turnos a la que cierta indolencia social nos ha mal acostumbrado. El arraigo, probablemente, sea algo indefinible; palpable, perceptible a los sentidos, pero que trasciende las formas esenciales del lenguaje. Siempre he pensado que la venezolanidad ha de ser algo así como esos cotidianos olvidos domésticos, como aquellos episodios en los que la prisa o el estrés nos hacen perder de vista, por ejemplo, las llaves de la casa. La impaciencia, en esas circunstancias, nos obliga a buscar en lugares remotos, a remover papeles y desordenar la casa. Tarde caemos en cuenta, con justificada vergüenza, que las llaves las teníamos en la mano o que, distraídamente, las habíamos colocado en otro bolsillo. Tengo la convicción de que nos encontraremos el día que dejemos de buscarnos. Algo me dice que, perdidos, desorientados, humillados y ofendidos, aún estamos ahí y, que de alguna forma, a pesar del envilecimiento innegable, siempre hemos estado ahí.
Apelo, como corolario a esta reflexión desesperada, a la autoridad poética. Quisiera prologar el punto final citando las palabras de William Carlos Williams en su prefacio al Aullido de Ginsgberg. Allí, el autor dice algo que a pesar de la diferencia de los contextos nacionales redunda y simpatiza con aquello que Cesare Pavese describió con gran tino como el oficio de vivir. Cedo la palabra al bardo para luego volver a la guarida del silencio. Dice el poeta, también americano: “A pesar de las experiencias más degradantes que la vida pueda ofrecer a un hombre, el espíritu del amor sobrevivirá para ennoblecer nuestras vidas si y sólo sí somos capaces de conservar la inteligencia, el valor, la fe y el arte de perseverar”.
Gracias por su atención. Buenas noches
Palabras pronunciadas el 14 de mayo de 2010 en el auditorio de la Corporación Andina de Fomento y publicadas en la revista digital Relectura en la siguiente dirección: www.relectura.org/cms/content/view/836/84/ Foto del autor por María José Sánchez


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