Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

sábado, 14 de enero de 2017

La “sombra temeraria” del caudillo En el año 1940 publica Miguel Ramon Utrera Nocturnal, poemario en el que la imagen de la sombra hace cortes en el libro. “La sombra temeraria” es quizá el poema más emblemático de esta serie

Cuentan que cinco años estuvo la cabeza de Pedro Aldao colgando de una escarpia. Fue ultimado por José Tomás Boves en 1813, en el paso de San Marcos que da a Calabozo. El mismo “Urogallo”  dio la orden de cortarle la cabeza y encaramarla donde se viera, en San Fernando de Apure el mismo día de su muerte. El gesto serviría para amedrentar a los patriotas que aún combatían entre los llanos de Guárico y Apure. A José Antonio Páez le debe su cabeza el sepulcro, quien procurando inhumarlo con honores, mandó a enterrarla en el suelo.
Pedro Aldao es también el nombre de la antigua Escuela Federal Graduada –hoy Escuela Nacional Bolivariana– de la cual el poeta Miguel Ramón Utrera fue fundador en el año 1936, en San Sebastián de los Reyes (edo. Aragua), y que dirigió con tesón por casi veinticinco años. No hay Sansebastianero  que no recuerde el empeño del poeta y educador en hacer de esa localidad precaria y puebleril, un epicentro de formación humanista para las nuevas generaciones. La insistencia dirigida hacia sus nóveles alumnos por la lectura, la contemplación y la escritura de lo que él solía llamar el cuento poético, hizo de este docente un tutor de sensibilidades.
A través de los motivos de la naturaleza, de la lección que ella dicta y del hecho cotidiano de habitar un entorno, hizo de su proyecto literario y educativo una búsqueda constante por hacer de los juguetes verbales –hallazgo y formulación suya– una herramienta que ayudase a los maestros a estimular en los niños y jóvenes el asombro y la fascinación por la belleza de las palabras. De este premio Nacional de Literatura se exaltan su pericia y beldad para la poesía de índole naturalista, sin embargo, el compromiso de Utrera con el devenir político de Venezuela también pronunció su voz frente a la voracidad fantasmal de la dictadura.
En el año 1940 publica Nocturnal, poemario en el que la imagen de la sombra hace cortes en el libro. “La sombra temeraria” es quizá el poema más emblemático de esta serie. A continuación lo reproducimos in extenso:
“Esta sombra nos sigue, de puntillas;/ se oculta en todas nuestras horas claras;/ y así mismo se infiltra en nuestras voces/ con leves ademanes de fantasmas.// La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,/ y trepando por todas las palabras;/ inasible, fugaz, sin rumbo fijo,/ pero presente siempre y siempre extraña.// Guardemos ya nuestras mejores voces./ Deshilando las hebras de este sueño,/ esperemos la luz de la mañana.// Cuando el día retorne con sus sones,/ en el diálogo puro -lumbre y sueño-/ se rasgará la sombra temeraria”.[1]
De este poema relata su autor [2], que desde muy niño escuchó decir en su casa que tenían una sombra encima con la dictadura. Utrera, nacido en 1908, año en el que inicia el régimen de Juan Vicente Gómez, vivió hasta los 27 años bajo la égida de la dictadura. La sombra, cuenta, la comenzó a vivir tempranamente con las dificultades para estudiar por la precariedad y la falta de recursos en la que estaba sumida la región. Más aún, esas dos primeras décadas del siglo pasado el comercio del país estaba interferido por la falta de recursos mecánicos para la producción.
Esta situación conllevó a que la familia Utrera sufriera graves problemas económicos, razón que obligó al poeta a trasladarse a los 17 años a Caracas para cursar estudios de farmacia y obtener así amparo en esta rama. Pero sostiene que la misma sombra que vio en San Sebastián de los Reyes la vio también en Caracas, pesando sobre sus amigos perseguidos de la Federación de Estudiantes, cuando los vio salir de la cárcel, macilentos y llenos de llagas por los grillos, y cuando los vio en los palenques, muertos para volver hechos unos fantasmas [3].   
Hacia el final de sus años, el poeta seguía pensando que esa sombra que lo perseguía a él y a sus compañeros de juventud, seguía presente como nunca y que con cada golpe que se le asestaba, ella, en cambio, se hacía más y más fuerte, y que no había proyecto de beneficio común que no se viera interferido por aquella sombra. Si antes la sombra recaía en la figura de un dictador, hoy la encarnan el petróleo y los malos gobiernos [4].
Esta siniestra y desoladora imagen que nos ofrece el poeta con estruendosa claridad, nos interroga aún hoy en momentos en los que parecemos toparnos nuevamente con una fantasmagórica repetición. Pero algo en sus versos se desliza y deja entrever una posible salida al círculo mortuorio de nuestra historia. Para encontrarla, y con profundo respeto por el maestro, es preciso –como es preciso que alguna vez el alumno le diga que no a su mentor– oponer al canto “guardemos ya nuestras mejores voces” la convicción vehemente de decir: ¡No! Es este el momento de sacar nuestras mejores voces.       
El día no retornará con sus sones, ni el diálogo puro rasgará la sombra temeraria, si nos volvemos a esperar la luz de la mañana. Es el momento de sacar nuestras mejores voces. Darle la bienvenida a la sombra y entonces reanudar sin negaciones políticas, sin desdeñar las diferencias y los traumas, sin caer en las trampas de la tabula rasa, del hombre nuevo, del mundo feliz. No esperemos más por el gendarme que venga a bajar la cabeza de Pedro Aldao y la siembre en el suelo. Tal vez se trate de construir con la sombra en la espalda, con la herencia de nuestros horrores, porque ellos son tan nuestros como nuestra propia sombra, y dejar ya de buscar al responsable fuera de nosotros mismos.
Quizás así la sombra dejará de espantarnos como lo hace hasta el punto de la inmovilidad o el síntoma, y no nos tiemblen demasiado las piernas a la hora –esta hora– de echar a andar por otra senda.   
Referencias
[1] Utrera, Miguel Ramón (1940) La sombra temeraria. En Revista Internacional de Poesía de Rosario (2009) Número 18. Rosario, Argentina. Recuperado de:
[2] Guedez, Jesús Enrique (1993) Miguel Ramón Utrera. Documental realizado en San Sebastián de los Reyes, estado Aragua. Recuperado de:  
[3] Ibíd. min. 15
[4] Ibíd. min. 16

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