Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

martes, 27 de diciembre de 2016

La dictadura ha favorecido la socialización de la miseria y la degradación de las costumbres. Ha estimulado la lasitud, la negligencia y restado importancia a normas claves de la coexistencia. La chabacanería y la vulgaridad hicieron su zafra, y no precisamente de azúcar.

LA GENERACIÓN QUÉ VOLÁ

pedro-corzo


Hay gobiernos que destruyen la economía de una nación, otros violan los derechos humanos y terceros  cumplen satisfactoriamente sus funciones aunque no todos los gobernados estén satisfechos.

También hay gobernantes que ejercen una autoridad tan extrema sobre los predios que presiden, que no restan espacios libres a sus decisiones, incluidos los que están fundamentados en  valores y costumbres, y es lo que ha pasado en Cuba.

El legado del gobierno de los hermanos Castro no tiene precedente en toda América. Más allá de la violación de los derechos humanos, la destrucción de la economía, ha causado un perjuicio a la nación muy difícil de superar y en caso de  lograrlo,  las secuelas para la nación no dejarían de ser  devastadoras.

La dictadura castrista ha asestado al individuo, al ciudadano, un golpe demoledor.  Sin dudas que hay quienes lo han asimilado. Ejemplos no faltan.  Individuos que han sido capaces de superar las iniquidades del sistema y salir ileso en los aspectos materiales y espirituales.

Personas que dentro y fuera de la isla han defendido sus criterios y enfrentados los retos que implica tener  criterios propios y la conciencia de ser independiente. Sujetos que han preservado su soberanía personal por encima de cualquier otra y básicamente han sido impermeables a las acciones nocivas de sus gobernantes.

Lamentablemente hay muchos casos  en que eso no ha sido posible. La ley del menor esfuerzo les venció y escogieron lo que para ellos fue el camino más fácil, aceptando ser masificados y moldeados como objetos y no como personas.

Hábitos sencillos como vestir adecuadamente y a tono con las circunstancias, lo que no implica vestidos de lujo o costosos, ceder en una “guagua” el asiento a una mujer, tratar respetuosamente a los mayores y otras muchas normas de convivencia se perdieron en la baraúnda revolucionaria. Fueron tiempos del pantalón y la camisa de mezclilla, el traje y la corbata pasaron a ser parte del arsenal del enemigo, el señor fue  expatriado y sustituido por compañero, una palabra con la que se identificaba a personas más cercanas.

La vulgarización del lenguaje de uso diario tal vez ha sido una de las manifestaciones culturales más maltratadas. Términos coloquiales como “Acere” que se usaban muy limitadamente y en círculos muy específicos son de usos comunes y hasta exportados como el “Que bola,” que uso el presidente Barack Obama en una ocasión.

Hablar correctamente, respetar el lenguaje, no es privilegio de ninguna clase social. No hay que maltratar el idioma. Expresar ideas con respetos y palabras apropiadas es una potestad de personas educadas.

La dictadura ha favorecido la socialización de la miseria y la degradación de las costumbres. Ha estimulado la lasitud, la negligencia y restado importancia a normas claves de la coexistencia.

La chabacanería y la vulgaridad hicieron su zafra, y no precisamente de azúcar.

La intolerancia, una condición siempre presente en alguna medida en la cubana, se exacerbo como nunca antes en el pasado. Una buena parte de la ciudadanía trasformada en masa se creyó el cuento de que no había gente ni país como el suyo, que Cuba era la enviada del resto del mundo  y que todos eran héroes y merecedores de los beneficios más excelsos porque estaban construyendo el paraíso en la tierra.

Sobran quienes hacen un culto a la chabacaneria.  El lenguaje grosero es parte esencial de su conducta. Gestos  procaces y ofensivos, junto al desprecio al derecho de los otros, es casi una regla para individuos que no entienden que la convivencia obliga a respetar el espacio de los demás y uno de esos espacios consiste en no escandalizar y respetar en todos en los aspectos al prójimo.

Si el castrismo ha afectado seriamente a un  segmento de la sociedad cubana de diferentes generaciones, es deber del sujeto superar sus faltas e integrarse con respeto a la comunidad en la que se desenvuelve.

Por otra parte hay que decirlo sin pelos en la lengua, hay quienes no se complacen en sus miserias, sino que gusta escandalizar con ellas, pudiendo actuar mejor, conociendo que deben hacerlo hasta para su beneficio personal, se placen en hundirse en la incorrección más rampante. 

La Generación que Bolá Acere es no es biológica. Es de conducta. Es de actitud ante la vida. Es la expresión de un individuo resentido que ha sentenciado que la cultura no  nos hace libres, sino esclavos de nuestras más bajas pasiones. 

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