Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

sábado, 29 de agosto de 2015

¿A qué me llevaron esos 40 años de "jarrón chino" en Valencia y conocer a través de la cotidianidad a la condición humana para que a mis 63 años "nada de lo humano me sea extraño"? Al conocimiento de mi misma que debe llevar implícita la propia valoración y autoestima

Conocerse, quererse y trascenderse

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima

ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN |  EL UNIVERSAL
martes 25 de agosto de 2015  12:00 AM
Educar es ayudar a conocerse y quererse para desarrollar a plenitud todos los talentos y realizar la misión en la vida. Como ya lo comprendieron los filósofos griegos, la genuina sabiduría consiste en conocerse a sí mismo. Hoy abundan los especialistas y expertos, se exhiben con orgullo abultadísimos currículos, algunos llenan con sus títulos y diplomas las antesalas de sus oficinas, pero cada día escasean más y más las personas que se preocupan por conocerse y plantearse su misión en la vida. Proliferan los posgrados y los cursos de formación permanente, pero son muy raros los sabios, personas capaces de adentrarse en sí mismos y asumir la existencia como misterio, como pregunta y como proyecto.

Para conocerse, es esencial la capacidad de reflexión y silencio. Pero cada vez abundan más las personas que son incapaces de estar a solas y en silencio. El actual mundo, lleno de ruidos y de prisas, impide la reflexión, el cuestionamiento personal. Muchos pasan la vida huyendo de sí mismos, sin atreverse a bucear dentro de sus deseos, anhelos, temores y sueños más profundos. De ahí que la genuina educación debe ayudar a los alumnos a plantearse su proyecto de vida y responder con valor las preguntas esenciales: ¿Quién soy yo?, ¿cómo quiero ser?, ¿para qué vivo?, ¿cuál es mi misión en la vida?, ¿cómo me imagino una persona realizada y feliz?, ¿en qué debo cambiar y mejorar?

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima. Todos valemos no por lo que tenemos, sino por lo que somos, porque somos. Todos somos únicos e irrepetibles, valiosos y dignos. Todos somos infinitamente amados por Dios que nos creó por amor y para la felicidad. Todos tenemos valores y carencias o debilidades que debemos conocer para construir sobre ellos nuestra identidad. Las propias debilidades pueden convertirse en nuestras fortalezas si las aceptamos y nos empeñamos en superarlas. El reconocimiento de nuestras carencias y contradicciones nos hace humildes y comprensivos. No hay nada más insoportable que una persona que se cree perfecta. Se convierte en un tirano, siempre señalando los defectos de los demás sin ser capaz de ver los suyos

No basta con conocerse y quererse. El reto es asumir la vida como una tarea y una aventura apasionantes. Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos los únicos que podemos labrar nuestro futuro, que podemos inventarnos a nosotros mismos y podemos reinventar el mundo. Como repetía Paulo Freire con insistencia, la educación tiene sentido porque los seres humanos somos proyectos y podemos tener proyectos para el mundo. El futuro no es sólo porvenir, es también y, sobre todo, por hacer. Los seres humanos somos creadores de nosotros mismos, podemos decidir lo que queremos llegar a ser y podemos reinventarnos y reinventar el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy. 

Educar es, en definitiva, enseñar a ser libres. La tarea más importante de la vida debe ser la conquista de la libertad. Pero la libertad, que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se viene confundiendo con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado, los caprichos, las modas o las órdenes. Cuanto más se llenan las personas de cadenas, más libres se sienten. De ahí que la genuina libertad debe traducirse en liberación, en lucha tenaz contra todas las formas internas y externas de opresión, dominación y represión. 

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