Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

sábado, 21 de julio de 2012

"Cruzaron el Atlántico los lugares poéticos de Oliveros" Michelle Roche Rodríguez.


Espacios en fuga


Alejandro Oliveros.
Espacios en fuga.
(Poesía reunida 1974-2010).
Edición de Antonio López Ortega.
Pre-Textos. Valencia, 2012.

En su último libro publicado hasta ahora, Poemas del cuerpo
(2005), incluía Alejandro Oliveros (Valencia, Venezuela, 1948)
este texto que delimita su concepto de la poesía, el último
sentido de su mundo poético:

Sobre la poesía

Siempre he creído que la poesía
es un don mezquino. No hay mayores razones
para sentirse orgulloso. No se trata
de los estigmas de San Francisco,
esa prueba irrefutable de la condición
de elegidos. Deberíamos ser humildes
pero nuestro castigo es la vanidad.

Una vez escribí que nuestro oficio
era sólo aproximativo y nunca alcanzaríamos
la fijeza de las estrellas. Quería decir,
me parece, que no llegamos a lo que sentimos.
Lo que sentimos es un círculo y el poema
es otro, más pequeño y hambriento.
La distancia entre ellos es el naufragio.

Treinta años más tarde, sigo pensando
que no es la poesía el mayor de los dones.
Pero, después de tantas líneas y borrones,
y las resmas de papel que han alimentado
mis cestos de basura, puedo decir
que ha servido para registrar las noches
y los días, Constanza y mi paisaje. No más.

Coetáneo del malogrado José Barroeta y posterior a la
brillante generación de poetas a la que pertenecen
Rafael Cadenas y Eugenio Montejo, Oliveros es una
isla en el mapa de la poesía venezolana actual.

Lo destaca Antonio López Ortega en el prólogo
-Fragmentos de un discurso terrenal- a la edición que
ha preparado de la poesía reunida de Alejandro Oliveros.
Un prólogo que sitúa su obra poética en un
contexto que resalta la excepcionalidad de su voz,
tanto por la tendencia a la narratividad como por la
asimilación explícita de una serie de influencias literarias
–de la poesía clásica grecolatina de Tristia Magna 
Grecia a la anglosajona de El sonido de la casa-inusuales
en una tradición poética venezolana que bebió
fundamentalmente en fuentes francesas.

Oliveros es en ese sentido un raro ajeno al canon, una voz
personal que construye un mundo propio con el potente
paisaje vegetal de Venezuela, con la ciudad evocada
–Valencia- o vivida –Nueva York-, con la noche y la
sonoridad del lenguaje poético, con el homenaje a los
escritores que han marcado su escritura y con el paso del
tiempo.

Porque la mirada de Oliveros no se queda en el paisaje
ni en el acontecimiento, sino en su rastro, en la huella que
dejan. Por eso, en su poesía, de profunda raíz elegiaca,
los espacios –íntimos o públicos- contienen siempre una
alusión al tiempo en que se contemplan o se evocan.

Eliot y Tibulo, Pound y Ausonio, H.D. y Virgilio, Esquilo
y Robert Lowell, Ovidio y John Donne conviven y
reviven en los textos de Espacios en fuga, el título que
reúne toda la obra poética de Alejandro Oliveros escrita
o publicada entre 1974 y 2010.

Dejo aquí un ejemplo, el poema Ars, que abría El sonido de la 
casa, un libro que está a punto de cumplir treinta años:

Con los mismos pronombres y adjetivos,
todos los poemas deben estar escritos
en alguna parte. Tal vez nuestra derrota
sea lo puramente aproximativo, la cercanía
máxima del ave a la rareza de los cuerpos fijos.

A menos que el círculo cuadre y se encierre
en el techo convexo de su doble, que la palabra
resista y se reconozca en el horizonte.
Reconocer los confines del canto, su extensión,
no frente a la muerte en la rama del árbol
sino ante el mismo centro que nos evade.

Esta edición de Espacios en fuga, revisada y autorizada por
el autor, incorpora dos secciones, una de poemas
dispersos y otra de textos inéditos. Desde Espacioshasta
Poemas del cuerpo, pasando por dos libros centrales
como Tristia Magna Grecia, esta edición en Pre-Textos
de la poesía de Oliveros, poco conocida en España,
debería consolidar y difundir una obra de enorme
calidad y de inusual fuerza expresiva.
Santos Domínguez

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