Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

sábado, 23 de mayo de 2015

Monseñor Romero, símbolo de un cristianismo liberador JUAN JOSÉ TAMAYO 19 MAR 2005

El 24 de marzo se cumple el 25º aniversario del asesinato de monseñor Óscar A. Romero, arzobispo de San Salvador (El Salvador). Todos los indicios apuntaron desde el primer momento al mayor Roberto D'Abuisson como responsable del asesinato, quien organizó losescuadrones de la muerte. ¿Por qué mataron a un arzobispo en un país tan católico como El Salvador y con un presidente demócrata-cristiano?
Monseñor Romero fue siempre un sacerdote y un obispo conservador, obediente a Roma y apenas sensible a las situaciones de injusticia de ese pequeño país centroamericano controlado por unas pocas familias. Precisamente por su sumisión al Vaticano fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977. Pero muy pronto, al entrar en contacto con la realidad, se produjo en él un cambio profundo, radical, lo que en lenguaje cristiano se llama "conversión", como ha sucedido con otros obispos latinoamericanos. El desencadenante de su transformación fue el asesinato de Rutilio Grande, jesuita comprometido en la concientización de los pobres en la aldea campesina de Aguilares. "Si le han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos", fue su comentario ante el cadáver del jesuita asesinado. A partir de ese momento decidió no participar en acto alguno del Gobierno mientras no se investigara el crimen, y no dejó de levantar su voz profética contra el Gobierno y contra la clase dominante, que quiso comprar su libertad de expresión.
Después vinieron los asesinatos de otros sacerdotes, la represión generalizada contra la Iglesia católica, la transgresión sistemática de los derechos humanos y las masacres contra poblaciones civiles indefensas. Romero denunció los abusos del Gobierno, que legitimaba la violencia hasta convertirla en uno de los pilares del Estado y mantenía a las mayorías populares en una situación crónica de pobreza estructural. Condenó la violencia del Ejército contra los líderes políticos, religiosos y sindicales defensores de los derechos humanos y críticos del sistema represivo. Defendió un cambio de estructuras que permitiera un mejor reparto de la riqueza, y no sólo reformas de fachada que dejaran las cosas como estaban. Hizo constantes llamamientos a la reconciliación entre la guerrilla y ejército; una reconciliación que pasaba por el abandono de las armas y por la instauración de una sociedad más justa. Y todo ello a través de la palabra en sus homilías pronunciadas cada domingo en la catedral y transmitidas a todo el país por la radio de la diócesis.
Papel fundamental jugaron en su "conversión" los teólogos de la liberación Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), asesinado en 1989, y Jon Sobrino, actualmente director del Centro Teológico Monseñor Romero. El primero le facilitaba los elementos de análisis para un mejor conocimiento de la realidad sociopolítica y para una acción religiosa transformadora. "Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador", acostumbraba a decir Ellacuría. El segundo le proporcionaba las claves para una interpretación teológica de la realidad y para una praxis liberadora en el infierno de la muerte en que se había convertido el país.
Los primeros alarmados ante el cambio de actitud de Romero fueron el propio nuncio del Vaticano y la clase pudiente, quienes coincidieron en el diagnóstico: nos hemos equivocado nombrándolo arzobispo. A medida que iba comprometiéndose en la defensa de los derechos humanos y en la denuncia del Gobierno y del Ejército, el Vaticano se distanciaba de él, e incluso tendía a deslegitimar, o al menos a cuestionar, su actuación profética. En sólo 18 meses tuvo que recibir a tres visitadores apostólicos que, con actitud detectivesca, buscaban testimonios contrarios a monseñor Romero para justificar su destitución.
Tras ser elegido papa Juan Pablo II, solicitó una "audiencia" en Roma para informarle de la dramática situación de El Salvador y de su trabajo por la reconciliación. La burocracia vaticana le hizo esperar varias semanas hasta ser recibido por el Papa. El encuentro no pudo ser más decepcionante, según el testimonio del teólogo alemán Martin Maier -gran conocedor de El Salvador, donde hizo su tesis doctoral en teología con Jon Sobrino- en su libro Óscar Romero. Mística y lucha por la justicia (Herder, Barcelona, 2005). Juan Pablo, que había recibido previamente informes muy negativos sobre el arzobispo, le despidió con un mensaje descorazonador: "Trate de estar de acuerdo con el Gobierno". El arzobispo de San Salvador salió llorando de la audiencia y comentó: "El Papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia". En enero de 1980, poco antes de su asesinato, tuvo lugar un nuevo encuentro con el Papa, que bien puede calificarse de agridulce. Le invitó a seguir defendiendo la justicia social y a optar de manera preferencial por los pobres, pero alertándole sobre los peligros de que se infiltrara el marxismo y socavara la fe del pueblo cristiano. A lo que Romero respondió que también había un anticomunismo, el de derechas, que no defendía a la religión, sino al capitalismo.
Sin el apoyo del Vaticano y bajo la amenaza permanente del Ejército, lo que vino después no podía ser otra cosa que la crónica de una muerte anunciada. La gota que colmó el vaso fue la homilía pronunciada en la catedral el domingo 23 de marzo de 1980. Tras la lectura de una larga lista de los nombres de las víctimas de la violencia de la semana anterior, se dirigió al Gobierno, al Ejército y, especialmente, a los soldados, pidiéndoles en tono angustioso que dejaran de matar a sus conciudadanos: "Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado... La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas de tanta sangre". Y terminó con esta llamada entre dramática y desesperada: "En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!".
Los jefes militares interpretaron estas palabras como una llamada a los soldados a la insumisión, a la desobediencia. Al día siguiente un oficial del Ejército calificó de delito la homilía del arzobispo. Ese mismo día, mientras celebraba una misa de difuntos en un hospital de la capital, los asistentes a la ceremonia religiosa vieron cómo se desplomaba detrás del altar tras recibir un disparo que terminó con su vida. Mientras esto sucedía, los Estados Unidos del cristiano Reagan apoyaban con ingentes sumas de dólares al Gobierno salvadoreño para atentar contra la ciudadanía indefensa y legitimaba con asesores militares la orden del Ejército de asesinar a sacerdotes.
Veinticinco años después, la figura de Romero no ha hecho más que crecer religiosa y socialmente en El Salvador, en América Latina y en todo el mundo, hasta convertirse, junto con las religiosas y los jesuitas asesinados, en el símbolo de un cristianismo liberador. Pedro Casaldáliga, otro obispo-profeta y al borde del martirio muchas veces, ha inmortalizado la figura de Romero con estas palabras: "Como Jesús, por orden del Imperio. ¡Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de báculo y de mesa...! Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo... San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!". El mismo Romero fue profético cuando, unos días antes de morir, declaraba a un periodista: "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño".
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor deFundamentalismos y diálogo entre religiones (Trotta).

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