Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

jueves, 14 de agosto de 2014

Bolívar, dos películas, ¿una epopeya?; por Tomás Straka

Bolívar, dos películas, 

¿una epopeya?; por 

Tomás Straka

Por Tomás Straka | PRO DA VINCI 28 de Julio, 2014

Bolívar, dos películas, ¿una epopeya; por Tomás Straka 640
En 2002 causó conmoción en Colombia y Venezuela el filme de Jorge Alí Triana Bolívar soy yo.  Basado en hechos reales cuenta la historia de un actor que trabaja en una exitosa telenovela sobre El Libertador que se vuelve loco y, cual Alonso Quijano con sus héroes de caballería, termina creyéndose el personaje que caracteriza. La película sirvió para representar las complejas relaciones de los colombianos (y también de los venezolanos), con su memoria histórica.
Pero no sólo es el actor el que se vuelve loco: lo sociedad entera termina retroalimentando su locura —la del actor y acaso la suya— tratándolo como si en efecto fuera Simón Bolívar.  Para cuando se estrenó en Caracas, acabábamos de salir de los intensísimos días del 2002-2003, y la presencia de un “nuevo Bolívar” detonaba en el país esperanzas muy parecidas a las que el Robinson Díaz de la película ponía al descubierto.
La trama, por lo tanto, resultaba cuando menos una metáfora de nuestra realidad. También el hecho de que en ella los directores de la telenovela hubiesen decidido cambiar la historia sólo por razones de rating, disponiendo para el Padre de la Patria una muerte por fusilamiento en vez de la enfermedad que respaldan los documentos y los testimonios de la época. Acá también, y desde mucho antes, los directores del culto a Bolívar habían hecho ajustes y reajustes continuos a los discursos históricos para amoldarlos al rating político de sus conveniencias.
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Las dos recientes biopics estrenadas en Venezuela sobre El Libertador hacen recordar muchos de los problemas que la película de Triana, hace una década, se encargó de señalar: la relaciones de la memoria con el poder, las diferencias que hay entre la memoria, en cuanto fenómeno social y la conciencia histórica, en cuanto construcción más bien académica, junto a los roles que los medios de comunicación pueden desempeñar en esto. La recepción política que la sociedad ha hecho deBolívar, el hombre de las dificultades, de Luis Alberto Lamata (2013) y Libertador de Alberto Arvelo (2013) son una prueba de ello.
La primera fue vista como la “película chavista” y, con base en este criterio, ponderada por muchos de sus espectadores; la segunda era esperada —y así fue recibida por muchos otros— como una producción más equilibrada, casi como el mentis de la película de Lamata.  Y lo fue, en buena medida, pero no tanto por las razones aducidas sino, en realidad, por lo contrario. Pero vamos por partes: el hecho de que el gobierno, incluso por boca del presidente Nicolás Maduro, haya promovido la película de Lamata, llegando al extremo de sugerir transmitirla por cadena nacional, pasará a la historia como uno de los más completos ejemplos de mala publicidad de los que se tenga memoria.
En un país polarizado esto significó, de entrada, que la mitad de la población podría sentir animosidad ante el film. El día de hoy, si la mayor parte de las encuestas no mienten, casi siete de cada diez venezolanos se declaran opuestos a Maduro, y de ellos unos cinco o seis no quisieran que no terminara su mandato. En este contexto, ¿algún empresario o productor sensato lo escogería precisamente a él para promover su producto? Además el actor principal, Roque Valero, había hecho una sensacional “salida del clóset político” al declararse chavista, lo que fue todo un desastre para el grueso de sus admiradoras, que al parecer eran fundamentalmente opositoras.
La película de Arvelo, estrenada casi un año después, no tiene aparente relación con el gobierno, cuenta con la bendición de Edgar Ramírez, admirado de forma casi unánime (y, la verdad, justa) por casi todos los venezolanos, tiene el respaldo de compañías y actores europeos como Iwan Rheon o María Valverde y es, además una superproducción. Sin embargo, en términos de lo que hace (o puede hacer) con la memoria histórica, resulta que es precisamente esta película y no la de Lamata, la que mejor se ajusta a muchos de los aspectos más polémicos de la visión de Bolívar que ha promovido el chavismo desde 1999.
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Véanse sólo algunos ejemplos. Libertador se hace eco de la tesis de que murió asesinado y no enfermo, en contra de casi todas las evidencias (y para ello tuerce las cosas poniendo a su sobrino Fernando como parte de la conspiración: no podía ser de otro modo, comoquiera que  estuvo a su lado cuando murió y dejó de eso un testimonio, ¡había que descalificarlo!); inventa a un líder guerrillero en el Bajo Magdalena que organiza una revolución de indígenas y cimarrones de forma espontánea (en realidad fue enviado allá por las Provincias Unidas y justo para acabar con las guerrillas en medio de una guerra civil); elude que fueron precisamente esos cimarrones, indígenas y otras personas de la base de la pirámide social los que lo derrotan en 1814, y para ello, por ejemplo, simplemente borra de la historia a José Tomás Boves, como después borra a Manuel Carlos Piar.
Crea a un líder democrático-radical, desechando sus ideas de instituciones hereditarias y, por sólo poner un dato más, lo presenta muy ofendido cuando los ingleses le proponen crear un banco, cuando lo que demuestran los documentos es que hizo grandísimos esfuerzos por atraer inversiones (especialmente inglesas) al tiempo de que sus diplomáticos, y generalmente por sus órdenes, pidieron millares de libras esterlinas prestadas en Londres para financiar sus campañas.  Aquel Bolívar, en efecto, es un “noble savage”, como inventan que Simón Rodríguez lo llamaba,  probablemente muy al gusto de los financistas y del público europeo que quieren captar con el film, una especie de Ché Guevara (y no cualquiera, sino el del musical “Evita”).  Es decir, un estereotipo que habla tanto de nuestra historia, como los sombreros llenos de frutas de Carmen Miranda hablan de nuestra identidad latinoamericana; un estereotipo, insistimos, como el del “Waltz for Eva and Che”.
Por supuesto, una biopic no es un documental ni un libro de historia, pero puede tener ese efecto e incluso otros mucho mayores. Los hechos demuestran que el cine ha jugado un papel fundamental en la construcción de los imaginarios.  En ocasiones lo hace de forma no deliberada, y en otras apelando a todo un aparato ideológico, escenifica personajes y episodios que las mayorías terminan aceptando por verídicas, cumpliendo para la historia oficial –o para la contrahistoria de una parcialidad- el rol que tuvieron los autos sacramentales para la historia sagrada.
Así, desde los filmes épicos sobre Federico el Grande realizados por los estudios UFA de Berlín durante el régimen nazi, tan llenos de batallas y llamados al nacionalismo alemán; hasta Lo que el viento se llevó, con su idílico Old South, sus confederados buena-gente (y no racistas del Ku Klux Klan) y sus encantadoras southern belles,  que en alguna medida terminó de unir al país que en El nacimiento de una nación aún se mostraba bastante dividido; el cine ha sido generoso en imágenes, narraciones y explicaciones de la historia con gran impacto en la memoria de sus sociedades. Historiadores de la talla de Marc Ferro y Mark C. Carnes han hecho aportes sustantivos al respecto.
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Por eso mucha gente puede tomar por ciertas las invenciones  de Libertador.  Invenciones que, de paso, respaldan las que ciertas –que no todas- versiones de la izquierda y del gobierno han hecho de la historia.  Es notable, y eso queda para el análisis de los especialistas en publicidad y en persuasión, cómo el hecho de que Maduro ni Roque Valero aparezcan en la escena, haya bajado las defensas de muchas personas que, de otro modo, acaso se hubieran sentido –y a veces efectivamente se sienten- ofendidas con las mismas ideas, dichas por otros, bajo otro modo.
Lo mismo puede decirse por la producción: Libertador demuestra que tienen razón los productores de vino cuando meten en botellas muy llamativas caldos más bien mediocres, cumpliendo pero al revés, el aserto del Evangelio de los “vinos nuevos en odres viejos”. Acá se trata de vinos viejos, casi vinagres, en odres nuevos y llamativos.
Y eso es solo en lo referente a las interpretaciones de la historia, en cuanto a los datos falsos o tergiversados, y que a veces la consulta de cualquier manual de Cátedra Bolivariana de tercer año de bachillerato hubiera evitado, son tantos que un artículo no basta para enumerarlos.  Baste nada más el de Simón Rodríguez hablando con María Teresa del Toro -¡y perseguido nada menos que por Monteverde!- en San Mateo.  Un autor de ficción tiene derecho a poner lo que quiera (por ejemplo, que Rodríguez tuviera el don de volar, de ver a través de las paredes o de pelear kung fu), pero el riesgo en una biopic es, de nuevo, que la gente se lo tome en serio.
Así las cosas Libertador nos evidencia que el modo de contar la historia, puede ser tan importante, como lo que se cuenta a la hora de influir en la memoria de los pueblos.  Señoras muy antichavistas pueden aplaudir lo que Chávez dijo durante quince años, si quien lo dice es Edgar Ramírez y el decorado es el de una superproducción.  Mientras, por otra parte, el muy humano –y ajustado a lo que arrojan los testimonios- Bolívar de Lamata es acusado de “chavista” porque Maduro dijo que le gustó, cuando en realidad, es una versión que le debe más a lo escrito por Germán Carrera Damas, John Lynch y al “Bolívar de carne y hueso” de Francisco Herrera Luque, que a la propaganda que lo pinta como un “buen salvaje”, como una especie de Ché Guevara de Andrew Lloyd Webber.
A esta guisa, al menos para quien escribe, es una lástima que en la película  de Lamata tenga tanto de Pimpinela Escarlata, de espadachín justiciero, incluso perseguido por su propio Citoyen Armand Chauvelin, encarnado en Polonio (aunque acá se invierten los roles: el espadachín es el republicano y el policía es el monárquico).  El abordaje de “El Intrépido”, que debe ser de las secuencias más costosas y elaboradas de la historia del cine venezolano, no hace sino abonar esta imagen, ahora un poco al estilo de las viejas películas de piratas (nos viene Errol Flynn a la memoria) y otros swashbuckler films en blanco y negro.  Pero descontando esto, es difícil encontrar mayores falsificaciones.  Al cabo, Lamata es licenciado en historia y director de obras como “Jericó”.
Es mucho más lo que se puede decir de estas dos películas.  Los especialistas en cine tendrán bastante que argumentar en lo referente a la realización.  A nosotros sólo nos queda advertir que en cuestiones de historia (y de memoria histórica) dos más dos no siempre es cuatro, que es cierta la conseja de que no todo lo que brilla es oro y de que hay que estar muy pendiente para saber en que bando, al final, se está jugando.  También que es bueno volver a ver Bolívar soy yo: uno nunca sabe al final quién es el loco o quién es el que engaña a quién.

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