Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

lunes, 29 de junio de 2015

Arturo Michelena, patrimonio vivo de Valencia..."Tuvimos el privilegio de apreciar una significativa parte de la obra de Michelena gracias a la exposición “Intimismo y Épica. Las dos travesías de Arturo Michelena. 150° Aniversario de su natalicio (1863-2013)” de la Galería de Arte Nacional con la curaduría de Juan Calzadilla. Por cierto, las instituciones valencianas le prestaron muy poca colaboración al poeta Calzadilla y esta empresa expositiva, lo cual deja muy mal parada a la burocracia cultural local."

Obra Arturo Michelena - Francisco de Miranda en la Carraca - 1896
Notitarde Lectura TANGENTE 28 de junio 2015
José Carlos de Nobrega
Arturo Michelena (Valencia, 1863 - Caracas, 1898) fue una figura emblemática de 
la ciudad de Valencia, la de Venezuela. No es un accidente el hecho que los bustos 
de Michelena y el escritor, José Rafael Pocaterra, estén cuidando la entrada del 
Museo de Arte Valencia. Fue 
uno de nuestros más grandes pintores, pues contribuyó a configurar el discurso plástico 
nacional. Integró una portentosa generación artística con Antonio Herrera Toro, Cristóbal 
Rojas y Martín Tovar y Tovar.
Tuvimos el privilegio de apreciar una significativa parte de la obra de Michelena gracias a 
la exposición “Intimismo y Épica. Las dos travesías de Arturo Michelena. 150° Aniversario 
de su natalicio (1863-2013)” de la Galería de Arte Nacional con la curaduría de Juan 
Calzadilla. Por cierto, las instituciones valencianas le prestaron muy poca colaboración 
al poeta Calzadilla y esta empresa expositiva, lo cual deja muy mal parada a la burocracia 
cultural local. También citamos dos exposiciones realizadas en Valencia: “Arturo Michelena y 
el arte del siglo XIX” y “Arturo Michelena, niño”, 2007, en el, hasta entonces, Museo Arturo 
Michelena de Valencia (hoy Cavam), ubicado en la Plaza Bolívar. La obra plástica de Michelena 
no sólo revela sus extraordinarias dotes técnicas, sino su pasión por la historia de la República, 
por supuesto, influida por la historiografía romántica de Juan Vicente González y Eduardo 
Blanco. “Vuelvan caras” no sólo es una recreación impresionante de la batalla de las Queseras 
del Medio con Páez en la vanguardia, sino una demostración palpable de su magnífica técnica 
pictórica: El juego de la luz y el movimiento es altamente dinámico, pues las figuras guerreras 
y sus cabalgaduras estremecen y trascienden el formato bidimensional. En “Pentesilea” de 
1891, bellas Amazonas semidesnudas y sus cabalgaduras se precipitan del puente al espectador 
asombrado en el fragor de la batalla. “La vara rota” (1892) recrea una escena taurina muy 
vivaz y colorida que combina realismo e impresionismo en un ejercicio casi fotográfico. 
El trabajo paisajístico de Michelena es notable dada la agudeza de su mirada que se 
apropia felizmente de la naturaleza. Los paisajes caraqueños de finales de siglo, atestiguan 
un buen momento de su matrimonio con Lastenia Tello. Su condición de tuberculoso le llevó a 
explorar la montaña y la campiña. El tratamiento del paisaje fue asumido de modo autónomo 
en pequeño formato y de manera integral en los grandes óleos históricos y retratos como telón 
de fondo. Podemos observarlo en los paisajes como tales y en los retratos célebres de 
Bolívar (1888) y Joaquín Crespo (1897). Probablemente, la obra paisajística de Michelena 
registra los paisajes naturales de Valencia desde su propia infancia hasta la adultez.
Si bien coincidimos con el poeta Calzadilla, en la condición de pintor oficial de Arturo 
Michelena que hizo concesiones a la sociedad conservadora de su tiempo, no podemos obviar 
la calidad notoria de sus retratos de gran formato. Se conjuga lo icónico, lo intimista y lo 
histórico, más allá del afán propagandístico del discurso político de aquel tiempo. Como se 
sabe, la deificación de Simón Bolívar sustentó los proyectos de hegemonía política de Páez y 
Guzmán Blanco, que comprendieron tanto al conservadurismo como al liberalismo del siglo 
XIX. “Miranda en la Carraca” es un retrato yacente que manifiesta con gran dramatismo el 
fracaso coyuntural del proyecto quijotesco e integracionista de Latinoamérica, patente en la 
obra escrita y política de Miranda y Bolívar. Este cuadro proverbial es quizás la gran referencia 
icónica de nuestro país. No nos cansamos de mirarlo con asombro, devoción y admiración. 
Incluso la obra de Michelena niño nos depara momentos de placer estético que agradecemos 
aún con devoción. Desde el “Paisaje rural” (1874) y su tratamiento de los colores fríos, las 
estampas religiosas, el bestiario doméstico, “El infierno” (1874) con sus diablos bailómanos 
y el fantástico autorretrato a los once años. La ciudad de Valencia, muy a pesar de sus
pésimos 
gobernantes a lo largo de la historia, no es concebible sin los cuadros de Arturo Michelena, 
los textos narrativos de Pocaterra, Enrique Bernardo Núñez y Slavko Zupcic, o los pícaros
ensayos 
de Pedro Téllez. En definitiva, Arturo Michelena es patrimonio vivo de Valencia, pues
la dignifica 
y la salva del caos a la que la someten políticos, funcionarios y catedráticos de perversa
voluntad. 

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