Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.

Casa de la Estrella. Donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830.
Casa de la Estrella, ubicada entre Av Soublette y Calle Colombia, antiguo Camino Real donde nació la República libre y soberana de Venezuela en 1830, con el General José Antonio Páez como Presidente. Valencia: "ciudad ingrata que olvida lo bueno" para el Arzobispo Luis Eduardo Henríquez. Maldita, según la leyenda, por el Obispo mártir Salvador Montes de Oca y muchos sacerdotes asesinados por la espalda o por la chismografía cobarde, que es muy frecuente y característica en su sociedad.Para Boris Izaguirre "ciudad de nostalgia pueblerina". Jesús Soto la consideró una ciudad propicia a seguir "las modas del momento" y para Monseñor Gregorio Adam: "Si a Caracas le debemos la Independencia, a Valencia le debemos la República en 1830".A partir de los años 1950 es la "Ciudad Industrial de Venezuela", realidad que la convierte en un batiburrillo de razas y miserias de todos los países que ven en ella El Dorado tan buscado, imprimiéndole una sensación de "ciudad de paso para hacer dinero e irse", dejándola sin verdadero arraigo e identidad, salvo la que conserva la más rancia y famosa "valencianidad", que en los valencianos de antes, que yo conocí, era un encanto acogedor propio de atentos amigos...don del que carecen los recién llegados que quieren poseerlo y logran sólo una mala caricatura de la original. Para mi es la capital energética de Venezuela.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Viaje a Cuba: programa del Papa - día domingo 20

Viaje a Cuba: programa del Papa - día domingo 20
En La Habana celebrará la misa en la plaza; encontrará a autoridades; celebrará las vísperas con los consagrados; encontrará a los jóvenes
Por Redacción
Roma, 20 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
Domingo, 20 de septiembre
-- 9:00 Santa misa y ángelus en la Plaza de la Revolución en La Habana.

   (15:00 hora europea central)  Homilía del Papa
Texto completo de la homilía del papa Francisco en La Habana
La importancia de un pueblo o de una persona siempre se basa en cómo sirve la fragilidad de sus hermanos. Quien no vive para servir, no sirve para vivir
Por Redacción
Roma, 20 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
En la misa celebrada este domingo 20 de septiembre en la Plaza de la Revolución, el papa Francisco dirigió la siguiente homilía a las aproximadamente 500 mil personas presentes.
El Evangelio nos presenta a Jesús haciéndole una pregunta aparentemente indiscreta a sus discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Una pregunta que también puede hacernos hoy: ¿De qué hablan cotidianamente? ¿Cuáles son sus aspiraciones? «Ellos –dice el Evangelio– no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante». Los discípulos tenían vergüenza de decirle a Jesús de lo que hablaban. En los discípulos de ayer, como en nosotros hoy, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?
Jesús no insiste con la pregunta, no los obliga a responderle de qué hablaban por el camino, pero la pregunta permanece no solo en la mente, sino en el corazón de los discípulos. ¿Quién es el más importante? Una pregunta que nos acompañará toda la vida y en las distintas etapas seremos desafiados a responderla. No podemos escapar a esta pregunta, está grabada en el corazón. Recuerdo más de una vez en reuniones familiares preguntar a los hijos: ¿A quién querés más, a papá o a mamá? Es como preguntarle: ¿Quién es más importante para vos? ¿Es tan solo un simple juego de niños esta pregunta? La historia de la humanidad ha estado marcada por el modo de responder a esta pregunta.
Jesús no le teme a las preguntas de los hombres; no le teme a la humanidad ni a las distintas búsquedas que ésta realiza. Al contrario, Él conoce los «recovecos» del corazón humano, y como buen pedagogo está dispuesto a acompañarnos siempre. Fiel a su estilo, asume nuestras búsquedas, aspiraciones y les da un nuevo horizonte. Fiel a su estilo, logra dar una respuesta capaz de plantear un nuevo desafío, descolocando «las respuestas esperadas» o lo aparentemente establecido. Fiel a su estilo, Jesús siempre plantea la lógica del amor. Una lógica capaz de ser vivida por todos, porque es para todos.
Lejos de todo tipo de elitismo, el horizonte de Jesús no es para unos pocos privilegiados capaces de llegar al «conocimiento deseado» o a distintos niveles de espiritualidad. El horizonte de Jesús, siempre es una oferta para la vida cotidiana también aquí en «nuestra isla»; una oferta que siempre hace que el día a día tenga sabor a eternidad.
¿Quién es el más importante? Jesús es simple en su respuesta: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás.
He ahí la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado, quién estaría exceptuado de la ley común, de la norma general, para destacarse en un afán de superioridad sobre los demás. Quién escalaría más pronto para ocupar los cargos que darían ciertas ventajas. Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo.
La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar atentos. Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que como ciudadanos estamos invitados a desarrollar. Las personas de carne y hueso, con su vida, su historia y especialmente con su fragilidad, son las que estamos invitados por Jesús a defender, a cuidar, a servir. Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta a los más frágiles.
Hay un «servicio» que sirve; pero debemos cuidarnos del otro servicio, de la tentación del «servicio» que «se» sirve. Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés el beneficiar a los «míos», en nombre de lo «nuestro». Ese servicio siempre deja a los «tuyos» por fuera, generando una dinámica de exclusión.
Todos estamos llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a ayudarnos mutuamente a no caer en las tentaciones del «servicio que se sirve». Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. Y esto sin mirar al costado para ver lo que el vecino hace o ha dejado de hacer. Jesús nos dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». No dice, si tu vecino quiere ser el primero que sirva. Debemos cuidarnos de la mirada enjuiciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la que nos invita Jesús.
Este hacernos cargo por amor no apunta a una actitud de servilismo, por el contrario, pone en el centro de la cuestión al hermano: el servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su proximidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca su promoción. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas.
El santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, es un pueblo que tiene gusto por la fiesta, por la amistad, por las cosas bellas. Es un pueblo que camina, que canta y alaba. Es un pueblo que tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza. Hoy los invito a que cuiden esa vocación, a que cuiden estos dones que Dios les ha regalado, pero especialmente quiero invitarlos a que cuiden y sirvan, de modo especial, la fragilidad de sus hermanos. No los descuiden por proyectos que puedan resultar seductores, pero que se desentienden del rostro del que está a su lado. Nosotros conocemos, somos testigos de la «fuerza imparable» de la resurrección, que «provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo» (cf.Evangelii gaudium, 276.278).
No nos olvidemos de la Buena Nueva de hoy: la importancia de un pueblo, de una nación; la importancia de una persona siempre se basa en cómo sirve la fragilidad de sus hermanos. En eso encontramos uno de los frutos de una verdadera humanidad. «Quien no vive para servir, no sirve para vivir».
Leer más sobre la misa en La Habana

-- 16:00 Visita al Presidente de Cuba y al Consejo de ministros en el
     Palacio de la Revolución en La Habana. (22:00 hora europea central)
-- 17:15 Celebración de las Vísperas con sacerdotes, religiosos y seminaristas
     en la Catedral de La Habana. (23:15 hora europea central)
-- 18:30 Encuentro con jóvenes en el
    Centro Cultural Padre Félix Varela. (media noche hora europea central)

Texto completo del mensaje a los jóvenes del Centro Cultural Padre Félix Varela
El Papa insta a los que piensan distinto a recurrir al diálogo y advierte que el mundo se destruye por la enemistad
Por Redacción
Madrid, 21 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
El papa Francisco sostuvo este domingo por la tarde un encuentro con la juventud cubana en el Centro Cultural Padre Félix Varela de La Habana. Tras escuchar el testimonio del joven universitario Leonardo Manuel Fernández Otaño en representación de los demás asistentes, el Santo Padre pronunció el siguiente discurso improvisado:
Ustedes están parados y yo estoy sentado. ¡Qué vergüenza! Pero saben por qué me siento, porque tomé notas de algunas cosas que dijo nuestro compañero y sobre estas les quiero hablar.
Una palabra que cayó fuerte: “soñar”. Un escritor latinoamericano decía que las personas tenemos dos ojos: uno de carne y otro de vidrio. Con el ojo de carne vemos lo que miramos, con el ojo de vidrio vemos lo que soñamos. Esta lindo, ¿eh? En la objetividad de la vida tiene que entrar la capacidad de soñar. Y un joven que no es capaz de soñar está clausurado en sí mismo, está encerrado en sí mismo. Claro, uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder. Pues soñalas, desealas, busca horizontes, abrite, abrite a cosas grandes.
No sé si en Cuba se usa la palabra, pero los argentinos decimos: “No te arrugues”, ¿eh? No te arrugues, abrite, abrite y soñá. Soñá que el mundo con vos puede ser distinto. Soñá que si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto. No se olviden. Sueñen. Por ahí se les va la mano y sueñan demasiado y la vida les corta el camino. No importa. Sueñen y cuenten sus sueños. Cuenten. Hablen de las cosas grandes que desean, porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad de camino, más camino has recorrido. Así que primero, soñar.
Vos dijiste ahí una frasecita, yo tenía acá escrita la intervención de él, pero la subrayé y tomé alguna nota: que sepamos acoger y aceptar al que piensa diferente. Realmente a veces nosotros somos cerrados. Nos metemos en nuestro mundito: “o este es como yo quiero que sea, o no”. Y fuiste más allá todavía: que no nos encerremos en los conventillos de las ideologías o en los conventillos de las religiones. Y que podamos crecer ante los individualismos.
Cuando una religión se convierte en conventillo pierde lo mejor que tiene, pierde su realidad de adorar a Dios, de creer en Dios, es un conventillo, es un conventillo de palabras, de oraciones, de yo soy bueno vos sos malo, de prescripciones morales. Y cuando yo tengo mi ideología, mi modo de pensar, y vos tenés el tuyo, me encierro en este conventillo de la ideología.
Corazones abiertos, mentes abiertas. Si vos pensás distinto que yo, ¿por qué no vamos a hablar? ¿Por qué siempre nos tiramos la piedra sobre aquello que nos separa, sobre aquello en lo que somos distintos? ¿Por qué no nos damos la mano en aquello que tenemos en común? Animarnos a hablar de lo que tenemos en común. Y después, podemos hablar de las cosas que tenemos diferentes. Pero digo hablar, no digo pelearnos, no digo encerrarnos, no digo “conventillar”, como usaste vos la palabra. Pero eso solo es posible cuando uno tiene la capacidad de hablar de aquello que tengo en común con el otro, de aquello para lo cual somos capaces de trabajar juntos.
En Buenos Aires, estaba una parroquia nueva, en una zona muy muy pobre, estaban construyendo unos salones parroquiales, un grupo de jóvenes de la universidad, y el párroco me dijo: “por qué no te venís un sábado y así te los presento”. Trabajaban los sábados y los domingos en la construcción. Eran chicos y chicas de la universidad. Yo llegué, y los vi y me los fue presentando: “Este es el arquitecto, es judío. Este es comunista. Este es católico práctico, este...”. Todos eran distintos, pero todos estaban trabajando en común, por el bien común. Eso se llama amistad social: buscar el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia se destruye por la enemistad, un país se destruye por la enemistad, el mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra. Y hoy día vemos que el mundo se está destruyendo por la guerra, porque son incapaces de sentarse y hablar. Bueno, negociemos. ¿Qué podemos hacer en común? ¿En qué cosas no vamos a ceder? Pero no matemos más gente. Cuando hay división hay muerte, hay muerte en el alma, porque estamos matando la capacidad de unir. Estamos matando la amistad social. Y eso es lo que yo les pido a ustedes hoy: sean capaces de crear la amistad social.
Después salió otra palabra que vos dijiste: la palabra esperanza. Los jóvenes son la esperanza de un pueblo, eso lo oímos de todos los lados. Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Es ser optimista? No. El optimismo es un estado de ánimo. Mañana te levantás con dolor de hígado y no sos optimista, ves todo negro. La esperanza es algo más.
La esperanza es sufrida. La esperanza sabe sufrir para llevar adelante un proyecto. Sabe sacrificarse. ¿Vos sos capaz de sacrificarte por un futuro o solamente querés vivir el presente y que se arreglan los que vengan? La esperanza es fecunda, la esperanza da vida. ¿Vos sos capaz de dar vida, o vas a ser un chico o una chica espiritualmente estéril, sin capacidad de crear vida a los demás, sin capacidad de crear amistad social, sin capacidad de crear patria, sin capacidad de crear grandeza?
La esperanza es fecunda. La esperanza se da en el trabajo, y aquí me quiero referir a un problema muy grave, que se está viviendo en Europa. La cantidad de jóvenes que no tienen trabajo. Hay países en Europa que jóvenes de 25 años hacia abajo viven desocupados en un porcentaje del 40 por ciento. Pienso en un país. Otro país el 47 por ciento. Otro país el 50 por ciento.
Evidentemente que un pueblo que no se preocupa por dar trabajo a los jóvenes, un pueblo, y cuando digo “pueblo” no digo gobiernos, todo el pueblo, la preocupación de la gente, si los jóvenes no trabajan, es pueblo no tiene futuro.
Los jóvenes entran a formar parte de la cultura del descarte y todos sabemos que hoy, en este imperio del dios dinero, se descartan las cosas y se descartan las personas, se descartan los chicos, porque no se los quiere, porque se les mata antes de nacer, se descartan los ancianos, estoy hablando del mundo en general, se descartan los ancianos porque ya no producen.
En algunos países hay ley de eutanasia, pero en tantos otros hay una eutanasia escondida, encubierta. Se descartan los jóvenes porque no les dan trabajo. Entonces, ¿qué le queda a un joven sin trabajo? Un país que no inventa, un pueblo que no inventa posibilidades laborales para su jóvenes, a ese joven le quedan o las adicciones, o el suicidio, o irse por ahí buscando ejércitos de destrucción para crear guerras.
Esta cultura del descarte nos está haciendo mal a todos, nos quita la esperanza, y es lo que vos pediste para los jóvenes: “queremos esperanza”. Esperanza que es sufrida, es trabajadora, es fecunda, nos da trabajo y nos salva de la cultura del descarte. Y esta esperanza que es convocadora, convocadora de todos, porque un pueblo que sabe autoconvocarse para mirar el futuro y construir la amistad social, como dije, aunque piense diferente, ese pueblo tiene esperanza.
Y si yo me encuentro con un joven sin esperanza, por ahí una vez dije “un joven es jubilado”. Hay jóvenes que parece que se jubilan a los 22 años. Son jóvenes con tristeza existencial. Son jóvenes que han apostado su vida al derrotismo básico. Son jóvenes que se lamentan. Son jóvenes que se fugan de la vida. El camino de la esperanza no es fácil. Y no se puede recorrer solo. Hay un proverbio africano que dice; “Si querés ir de prisa, andá solo, pero si querés llegar lejos, andá acompañado”.
Y yo a ustedes, jóvenes cubanos, aunque piensen diferente, aunque tengan su punto de vista diferente, quiero que vayan acompañados, juntos, buscando la esperanza, buscando el futuro y la nobleza de la patria.
Y así, empezando como empezamos con la palabra soñar, y quiero terminar con otra palabra que vos dijiste, y que yo la suelo usar bastante: la cultura del encuentro. Por favor, no nos “desencontremos” entre nosotros mismos. Vayamos acompañados, uno. Encontrados, aunque pensemos distinto, aunque sintamos distinto, pero hay algo que es superior a nosotros, que es la grandeza de nuestro pueblo, que es la grandeza de nuestra patria, que es esa belleza, esa dulce esperanza de la patria a la que tenemos que llegar. Muchas gracias.
Bueno, me despido deseándoles lo mejor, deseándoles todo esto que les dije, se los deseo. Voy a rezar por ustedes. Y les pido que recen por mí y si alguno de ustedes no es creyente y no puede rezar porque no es creyente, que al menos me desee cosas buenas. Que Dios los bendiga y los haga caminar en este camino de esperanza, hacia la cultura del encuentro, y evitando esos “conventillos” de los cuales habló nuestro compañero. Y que Dios los bendiga a todos.
(Texto transcrito del audio por ZENIT)


El papa Francisco

Texto completo de la homilía del Santo Padre en las vísperas en la Catedral de La Habana
El Papa pide a los sacerdotes que no le tengan miedo a la misericordia y que dejen que fluya por sus manos y por su abrazo de perdón
Por Redacción
Ciudad del Vaticano, 21 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
Publicamos a continuación el texto completo de la homilía del Santo Padre en la oración de vísperas en la Catedral de la Inmaculada Concepción y San Cristóbal en La Habana.       
El cardenal Jaime nos habló de pobreza y la hermana Yaileny nos habló del más pequeños, de los más pequeños. Son todos niños. Tenía preparada una homilía para decir ahora en base a los texto bíblicos, pero cuando hablan los profetas y todo sacerdote es profeta, todo bautizado es profeta, todo consagrado es profeta, vamos a hacerle caso a ellos. Entonces yo le voy a dar la homilía al cardenal Jaime para que se la haga llegar a ustedes y la publique y después la meditan. Y ahora charlemos un poquito sobre lo que dijeron estos dos profetas.
Al cardenal Jaime se le ocurrió pronunciar una palabra muy incómoda, sumamente incómoda que incluso va de contramano con toda la estructura cultural, entre comillas, del mundo. Dijo pobreza.  Y la repitió varias veces. Pienso que el Señor quiso que la escucháramos varias veces y la recibiéramos en el corazón. El espíritu mundano no la conoce, no la quiere, la esconde, no por pudor, sino por desprecio. Y si tiene que pecar y ofender a Dios para que no le llegue la pobreza, lo hace. El espíritu del mundo no ama el camino del Hijo de Dios, que se vació a sí mismo, se hizo pobre, se hizo nada, se humilló para ser uno de nosotros.
La pobreza que le dio miedo a aquel muchacho tan generoso, había cumplido todos los mandamientos. Y cuando Jesús le dijo vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, se puso triste, le tuvo miedo a la pobreza. La pobreza siempre tratamos de escamotearla, sea por cosas razonables, pero estoy hablando de escamotearla en el corazón. Que hay que saber administrar los bienes, es una obligación. Los bienes son un bien de Dios. Pero cuando esos bienes entran en el corazón y te empiezan a conducir la vida, ahí perdiste. Ya no eres como Jesús, tienes tu seguridad donde la tenía el joven triste, el que se fue entristecido.
Ustedes sacerdotes, consagrados, consagradas, creo que les puede servir lo que decía san Ignacio y esto no es propaganda publicitaria de familia. Decía que la pobreza era el muro y la madre de la vida consagrada. Era la madre porque engendraba más confianza en Dios. Y era el muro porque la protegía de toda mundanidad. Cuántas almas destruidas, almas generosas como la del joven entristecido, que empezaron bien y después se les fue apegando el amor a esa mundanidad rica y terminaron mal. Es decir, mediocres.
Terminaron sin amor porque la riqueza pauperiza. Pero pauperiza mal, nos quita lo mejor que tenemos, nos hace pobres en la única riqueza que vale la pena para poner la seguridad en lo otro.
El espíritu de pobreza, el espíritu de despojo, el espíritu de dejarlo todo para seguir a Jesús, este dejarlo todo no lo invento yo, varias veces aparece en Evangelio. En el llamado de los primeros, que dejaron la barca, las redes y lo siguieron. Los que dejaron todo para seguir a Jesús.
Una vez me contaba un viejo cura sabio, hablando de cuando se mete el espíritu de riqueza, de mundanidad rica en el corazón de un consagrado, de una consagrada, de un sacerdote, un obispo, un Papa, lo que sea. Cuando uno empieza a juntar plata y para asegurar el futuro, ¿no es cierto? Entonces el futuro no está en Jesús, está en una compañía de seguros de tipo espiritual que yo manejo ¿no? Entonces cuando, por ejemplo, una congregación religiosa, por poner un ejemplo como decía él, empieza a juntar plata y a ahorrar, Dios es tan bueno que le manda un ecónomo desastroso que las lleva a la quiebra. Son de las mejores bendiciones de Dios a su Iglesia. Los ecónomos desastrosos porque la hacen libre, la hacen pobre. Nuestra Santa Madre Iglesia es pobre. Dios la quiere pobre como quiso pobre a nuestra Santa Madre María.
Amen la pobreza como a madre. Simplemente les sugiero, si alguno de ustedes tiene ganas de preguntarse ¿cómo está mi espíritu de pobreza? ¿cómo está mi despojo interior? Creo que puede hacer bien a nuestra vida consagrada, a nuestra vida presbiteral.
Después de todo, no nos olvidemos que es la primera de las bienaventuranzas. Felices los pobres de espíritu, los que no están apegados a la riqueza, a los poderes de este mundo.
Y la hermana nos hablaba de los últimos, de los más pequeños. Que aunque sean grandes unos terminan tratándolos como niños porque se presentan como niños. El más pequeño. Es una frase de Jesús esa. El que está en el protocolo sobre el cual vamos a ser juzgados. Lo que hiciste al más pequeño de estos hermanos, me lo hiciste a mí. Hay servicios pastorales, pueden ser más gratificantes desde el punto de vista humano, sin ser malos ni mundanos. Pero cuando uno busca en la preferencia interior al más pequeño, al más abandonado, al más enfermo, al que nadie tiene en cuenta, al que nadie quiere, el más pequeño, y sirve al más pequeño, está sirviendo a Jesús de manera superlativa. A vos te mandaron donde no querías ir, y lloraste, lloraste porque no te gustaba, lo cual no quiere decir que seas una monja llorona. Dios nos libre de las monjas lloronas que siempre se están lamentando. Eso no es mío, eso lo decía santa Teresa a sus monjas. Es de ella. Guai de aquella monja que anda todo el día lamentándose porque me hicieron una injusticia. En el lenguaje castellano de la época decía guai de la monja que anda diciendo hicieronme sin razón.  Vos lloraste porque eras joven, tenías otras ilusiones, pensabas quizá que en un colegio podías hacer más cosas, que podías organizar futuros para la juventud. Y te mandaron ahí, casa de misericordia, donde la ternura y la misericordia del Padre se hace más patente. Donde la ternura y la misericordia de Dios se hace caricia. ¡Cuántas religiosas y religiosos queman y repito el verbo, queman su vida acariciando material de descarte! Acariciando a quienes el mundo descarta, a quienes el mundo desprecia, a quienes el mundo prefiere que no estén, a quienes el mundo hoy día con métodos de análisis nuevos que hay, cuando se prevé que puede venir con una enfermedad degenerativa se propone mandarlo de vuelta antes de que nazca. El más pequeño. Y una chica joven llena de ilusiones empieza su vida consagrada haciendo viva la ternura de Dios, su misericordia.  A veces no entienden, no saben pero ¡qué linda es para Dios, y qué bien que hace a uno, por ejemplo la sonrisa de un espástico que no sabe cómo hacerla! O cuando te quieren besar y te babosean la cara. Esa es la ternura de Dios, esa es la misericordia de Dios.
O cuando están enojados y te dan un golpe. ¿Y quemar mi vida así? Con material de descarte a los ojos del mundo. Eso nos habla solamente de una persona, nos habla de Jesús, que por pura misericordia del Padre se hizo nada. Se anonadó dice el texto de Filipenses capítulo 2.    Se hizo nada. Y esa gente a la que vos dedicas tu vida, imitan a Jesús, no porque lo quisieron, sino porque el mundo los trajo así. Son nada. Y se les esconde no se les muestra o no se les visita. Y si se puede y todavía se está a tiempo, se los manda de vuelta.
Gracias por lo que haces y en vos gracias a todas estas mujeres y a tantas mujeres consagradas al servicio de lo inútil porque no se puede hacer ninguna empresa, no se puede ganar plata, no se llevar adelante absolutamente nada constructivo, entre comillas con esos hermanos nuestros, con los menores, con los más pequeños. Ahí resplandece Jesús y ahí resplandece mi opción por Jesús. Gracias a vos, y a todos los consagrados y consagradas que hacen esto.
Padre yo no soy monja. Yo no cuido enfermos yo soy cura. Y tengo una parroquia o ayudo a un párroco. ¿Cuál es mi Jesús predilecto? ¿Cuál es el más pequeño? ¿Cuál es aquel que me muestra más la misericordia del Padre? ¿Dónde lo tengo que encontrar? Obviamente sigo recorriendo el protocolo de Mateo 25, ahí los tienes a todos: en el hambriento, en el preso, en el enfermo, ahí los vas a encontrar. Pero hay  un lugar privilegiado para el sacerdote donde aparece ese último, ese mínimo, el más pequeño, y es el confesionario. Y ahí, cuando ese hombre o esa mujer te muestra su miseria, ojo que es la misma que tienes vos y que Dios te salvó ¿eh? de no llegar hasta ahí. Cuando te muestra su miseria, por favor, no lo retes, no la retes, no lo castigues, si no tienes pecado tira la primera piedra. Pero solamente con esa condición. Si no piensa en tus pecados y piensa que vos puede ser esa persona, y piensa que vos potencialmente puedes llegar más bajo todavía y piensa que vos en ese momento tienes un tesoro en las manos que es la misericordia del Padre. Por favor, a los sacerdotes, no se cansen de perdonar. Sean perdonadores. No se cansen de perdonar como lo hacía Jesús. No se escondan en miedos o en rigideces. Así como esta monja y todas las que están en su mismo trabajo, no se ponen furiosas cuando encuentran al enfermo sucio, mal sino que lo sirven, los limpian, lo cuidan. Así vos, cuando te llega el penitente, no te pongas mal, no te pongas neurótico, no lo eches del confesionario, no lo retes. Jesús los abrazaba, Jesús los quería. Mañana festejamos san Mateo. Cómo robaba ese y además cómo traicionaba a su pueblo. Y dice el Evangelio que a la noche Jesús fue a cenar con él y otros como él. San Ambrosio tiene una frase que a mí me conmueve mucho, ‘donde hay misericordia está el Espíritu de Jesús, donde hay rigidez están solamente sus ministros’.
Hermanos sacerdote, hermano obispo, no le tengan miedo a la misericordia, deja que fluya por tus manos y por tu abrazo de perdón. Porque ese o esa que está ahí son el más pequeño y por lo tanto es Jesús.
Esto es lo que se me ocurre decir después de haber escuchado a estos dos profetas. Que el Señor nos conceda estas gracias que ellos dos han sembrado en nuestro corazón. Pobreza y misericordia, porque ahí está Jesús.
Texto transcrito por ZENIT

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